04:32A 40 años de la muerte de Edmundo Rivero, la voz que llevó el tango al mito, el lunfardo al arte y a Borges a la milonga

Dueño de una voz cavernosa y única, transformó el tango en un rito. Cantor minucioso, guitarrista extraordinario y símbolo porteño, dejó un legado que persiste. “Vos no cantás, hermano… vos sangrás”, describió Aníbal Troilo al cantor que murió el 18 de enero de 1986

Hubo voces que definieron la identidad del tango en Buenos Aires, y la de Edmundo Rivero siempre ocupó un lugar singular. Con un registro grave y poco común, Rivero se convirtió en referente del género desde sus primeras presentaciones en la década de 1930. Su manera de cantar, pausada y precisa, transformaba cada interpretación en un acto de intensidad emocional, acercando la poesía del tango a públicos de todos los barrios y generaciones.

Leonel Edmundo Rivero nació el 8 de junio de 1911 en Valentín Alsina, un barrio donde el pulso fabril se mezclaba con el latido del suburbio, y que más tarde marcaría su sensibilidad artística. Solía contar que su bisabuelo materno, Lionel, de origen inglés, había sido lanceado por los indios pampas a mediados del siglo XIX. De él heredó el pelo rubio y el primer nombre, completando así la identidad que lo acompañaría toda su vida.

Cuando llegó al mundo, supieron que tenía acromegalia (enfermedad rara endocrina crónica, causada por una secreción excesiva de la hormona del crecimiento), una condición que, en la adultez, definió sus facciones marcadas, su estatura y, en parte, la profundidad de su voz. Siendo aún muy pequeño, la familia se trasladó al pueblo de Moquehuá, en la provincia de Buenos Aires, cuando su padre, empleado ferroviario, fue designado jefe de la estación local. Allí, Edmundo enfermó gravemente y, ante la falta de diagnóstico, su padre renunció y regresaron a la capital, donde finalmente pudo recuperarse.

En Buenos Aires, los Rivero se instalaron en una casona de Saavedra, en la esquina de Av. del Tejar y Manuela Pedraza, junto a los abuelos. Más tarde vivieron en distintas casas del barrio, en calles como Tronador, Cramer, García del Río y Juana Azurduy. Entre esos patios y habitaciones, Rivero descubrió la música: los valses, las zambas y los tangos que sus padres interpretaban llenaban la casa. Su tío Alberto le enseñó las primeras notas en la guitarra, y en la primaria del Colegio Molinari debutó recitando versos del Martín Fierro durante un acto patrio, dando sus primeros pasos como artista.

Durante la adolescencia, su curiosidad por el lunfardo creció. Aprendió las primeras palabras de su tío y luego se adentró en los aguantaderos de Saavedra, donde escuchó el lunfardo más crudo y encriptado, el que circulaba entre malandras y vecinos del barrio. Esa conexión con la calle y sus lenguajes clandestinos enriquecería su estilo, haciendo de su voz un instrumento que hablaba al corazón de la ciudad. También estudió música clásica, técnica vocal y composición.

A los 18 años, Rivero ya era un guitarrista conocido en el barrio y tocaba en bodegones y bares como El Cajón, cerca del puente Saavedra, un refugio de payadores, carreros y personajes del arrabal. Tras esa escuela callejera, inició estudios formales de canto y guitarra clásica en el Conservatorio Nacional de Música, mientras acompañaba a cantores locales y, más tarde, a figuras como Nelly Omar.

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