Un cóctel de sexo, dólares y cianuro: creó el primer club de strippers para mujeres y se convirtió en un asesinoPor Daniel Cecchini

Admirador de Hugh Heffner y de Walt Disney, el indio Somen “Steve” Banerjee se hizo millonario a principios de los ‘80 gracias a una idea inédita en el mundo de los clubes nocturnos estadounidenses, “Chippendales”. Estaba en la cima de su éxito cuando, para vengarse, hizo asesinar a un socio que lo había traicionado e intentó acabar con la vida de toda una compañía de bailarines inyectándoles veneno

El indio Somen Banerjee era un hombre ambicioso y para cumplir sus sueños se propuso hacer su América en California. No tenía nada, pero era audaz, sabía de números y, sobre todo, sabía ver la potencialidad de una idea innovadora. Así se transformó en un empresario de éxito en un rubro que, a finales de los ‘70, era inexistente, el de los clubes de strippers masculinos dedicados exclusivamente a un público de mujeres. Fue el primero en montar uno en Estados Unidos, el club Chippendales. Así pudo haber pasado a la historia por el dudoso mérito de ser el pionero de la cosificación de cuerpos de hombres en clubes nocturnos, disfrutar de los millones que estaba amasando y ver con beneplácito cómo el rubro del que se consideraba creador se multiplicaba como los hongos, una prueba fehaciente de su propio éxito.

Apenas tuvo un pequeño capital volvió a subirse un avión, esta vez para llegar a Los Ángeles, California, el lugar ideal para hacer realidad su sueño. Allí cambió su nombre -Somen no sonaba bien por esas tierras- por el de Steve y dirigió una estación de servicio de la petrolera Móbil. El negocio era rentable pero el recién bautizado Steve pretendía mucho más. Lo suyo, pensaba, era el mundo del entretenimiento, donde además de ganar dinero podría hacerse famoso.

Los primeros pasos que dio en esa nueva actividad le demostraron que la cosa no era tan fácil. Puso un club de backgamon que fracasó estrepitosamente y después compró un bar de poca monta al que quiso convertir en club nocturno. Lo bautizó Destinity II y aún hoy, cuando hay un par de biografías escritas sobre el audaz Steve Banerjee, nadie sabe por qué le puso ese número ni si alguna vez existió un antro llamado Destinity I. El lugar distaba de ser glamoroso y la clientela era más bien escasa, aunque el flamante empresario de la noche intentaba de todo para atraer más público. Contrató animadores de segunda y magos de dudosa habilidad para que hicieran sus gracias, buscó strippers mujeres para que hicieran el poco original baile del caño y hasta montó un ring para que pelearan en el barro. Pero nada funcionaba.

Banerjee no sabía ya qué intentar para hacer funcionar su club cuando una noche de 1979, como salido de la nada, apareció un hombre sin dinero pero con una idea que el frustrado empresario indio cazó al vuelo. El tipo se llamaba Paul Snider y se dedicaba a la promoción de clubes nocturnos, aunque sus fondos no le daban para tener uno propio, que era lo que quería. La idea que le planteó a Steve parecía a la vez una provocación y una locura: montar un club de strippers varones destinado exclusivamente a las mujeres. En otras palabras, se trataba de dar vuelta el orden de los factores para ofrecer un nuevo producto. Banerjee debe haber tenido sus dudas, porque por entonces los únicos lugares donde había hombres que hacían striptease eran los locales destinados al público gay. Pero, como se dijo, el indio era un tipo audaz y sabía reconocer una buena idea. Así nació el club que lo hizo tan famoso como millonario, Chippendales.

El local era el mismo, porque solo se hicieron pequeñas reformas, y el cambio de nombre -de Destinity II a Chippendales- buscaba darle cierto glamour para atraer al público femenino. Los dos socios se repartieron las tareas, mientras Steve buscaba stripers hombres, a la mayoría de los cuales reclutó en clubes gay y en gimnasios, Snider puso todo su talento y sus contactos como promotor para hacer conocer el club y su novedosa propuesta. Colocó avisos en los diarios y carteles en lugares estratégicos de Los Ángeles, y sacó a la calle un ejército de tarjeteros para que promocionaran el local en peluquerías, gimnasios, casas de ropa femenina y cuanto lugar donde hubiera mujeres.

El día de la inauguración, las expectativas de Banerjee y Snider fueron ampliamente superadas. A la hora de la apertura se había formado una cola de más de quinientas mujeres dispuestas a disfrutar de los bailes de los stripers semidesnudos, solo vestidos con slips y un moñito en el cuello y con los cuerpos copiosos de aceite. No se ofrecía nada más que eso y tragos, y la mayor audacia era que las clientas podían poner billetes de veinte dólares -y a veces de mayor denominación- en la ropa interior de los musculosos bailarines. Para muchas de las clientas, ir a Chippendales era una suerte de revancha, porque hasta entonces el striptease era un espectáculo del que solo podían disfrutar los hombres. Años después, una de las promotoras de Chippendales, Bárbara Ligeti, contó en un documental de A&E que el club se convirtió en un espacio donde las mujeres “podían divertirse sin ser cuestionadas, donde podían verse, tomar unas copas y poner veinte dólares en la tanga de un hombre guapo”.

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