El verano soñado de Carolina Giménez Aubert: familia, playa y la magia de una casa llena de momentos entrañables

Entre vacaciones y cocina casera en Punta del Este, la empresaria, hermana de Susana Giménez, comparte con Teleshow el valor de sus afectos transformando lo cotidiano en recuerdos imborrables

En el abrazo de una casa llena de risas, aromas de cocina casera y el murmullo familiar de las charlas interminables, Carolina Giménez Aubert siente que el año nuevo se abre como una promesa luminosa. Las paredes guardan historias y el perfume del verano en Uruguay trae consigo un sentimiento de gratitud: el de seguir eligiéndose entre hermanos, hijos y amigos, cada vez que la vida lo permite. En ese refugio cerca de Manantiales, en Punta del Este, el tiempo se mide por los momentos compartidos, por la calidez de un desayuno tranquilo o el bullicio de una mesa repleta. Carolina, con esa serenidad que contagia, encuentra en lo cotidiano un motivo de alegría y en la compañía de los suyos, la fuerza para seguir adelante. En diálogo con Teleshow, relata sus días de descanso desde ese paraíso cerca del mar.

El verano la encuentra en Uruguay, ese lugar que Carolina elige para las fiestas porque “me permite estar cerca de mis hermanos”. La Navidad la vivió en su casa, con ellos y con Mercedes Sarrabayrouse, la hija de Susana. “Fue una Navidad muy especial. Cuando ya no son los padres los que te reúnen, tiene un valor inmenso seguir eligiéndonos para estar juntos en los momentos importantes”, comparte. El Año Nuevo sumó amigos a la mesa, y el cariño se hizo más grande.

Las vacaciones, admite, son hoy una mezcla de trabajo y familia. No desconecta del todo, y no le pesa. Amar su trabajo hace más liviana la carga, y el tiempo compartido con sus hijos cobra otro sentido. “No despertarme a las 6.30 ya es un plan en sí mismo —¡qué horror el horario escolar!—. Me encanta estar con ellos desde otro lugar, más relajado: sin apuros, sin mochilas ni listas, más abrazos, almuerzos juntos, juegos de mesa. Conectar más desde el disfrute y menos desde la rutina”, confiesa.

La experiencia trae aprendizaje, y Carolina se permite desear poco y agradecer mucho. Su mayor anhelo es ver bien a sus hijos, crecer como madre y tener la sabiduría para acompañarlos. Paco, su adolescente de 17 años, vibra con la música y produce todos los días. “Es increíble cómo el arte y la música se llevan en la sangre”. Guadalupe, a quien llaman Lupi, es compañera, luminosa y buena. Para Carolina, ambos son un regalo.

En lo laboral, se siente afortunada. Trabaja con clientes que respeta, y cada nuevo reto la motiva. “Tengo un adolescente, que es un gran desafío para cualquier padre. Encontrar la medida justa no es fácil: saber cuándo correrse para darles más libertad y cuándo seguir cerca porque todavía necesitan de tu mano. Hay momentos en los que construyen un muro, pero yo siento que, en el fondo, esperan que una esté ahí, del otro lado, disponible y presente”, reflexiona. Lupi tiene mucho de su mamá, y esa similitud le hace todo más fácil. “Tengo dos hijos increíbles, muy distintos entre sí, y absolutamente mágicos los dos”.

En 2022, la familia atravesó una prueba que marcó un antes y un después. Su hijo Paco, fruto de su primer matrimonio, sufrió un accidente automovilístico en Punta del Este junto a sus abuelos paternos. La tragedia se llevó la vida de los exsuegros de Carolina y dejó a Paco, de trece años, internado en estado reservado en el Hospital Británico. Fueron semanas de incertidumbre y miedo, de oraciones y esperas.

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