La Filarmónica “encontró” las segundas intenciones de Shostakovich y Aristo Sham brilló al interpretar a Rachmaninov
Concierto: “Dos Miradas de Rusia”. Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Director invitado: Srba Dinić. Solista: Aristo Sham (piano). Programa: Sinfonía nº 15 en La M. op 141, de Dmitri Shostakovich y Concierto para piano y orquesta nº 3, de S. Rachmaninov. Teatro Colón.
“Dos Miradas de Rusia”. Con este título y bajo la solvente conducción del maestro serbio Srba Dinić, la Filarmónica ofreció anteayer su décimo concierto de abono, más uno extraordinario anoche con igual programa.
Dedicado en la primera parte a la 15º sinfonía de Shostakovich, su última creación dentro del género, una composición tan ambiciosa como enigmática, considerada el legado autobiográfico del genio ruso. Obra compleja de interpretar por el contenido y las ideas musicales, por sus climas expectantes y momentos para el oyente desconcertantes o fragmentados que solo una guía experimentada en el repertorio, sólida y consistente como la de Dinić, logra dar sentido y cohesión.
Shostakovich siempre tiene segundas intenciones (de hecho, se desconoce el propósito de la repetida cita del Guillermo Tell de Rossini o las posteriores de Wagner), tiene discursos enmascarados, chispazos cuya finalidad hay que descifrar y siempre ese cinismo que aprendió a poner en práctica bajo el régimen estalinista. La orquesta dio con ese carácter, sobre todo en el primer movimiento, captando la atención a través de una enorme variedad de toques y efectos tímbricos en el mecanismo de la llamada “juguetería” (la infancia del compositor según la lectura autobiográfica), los cambios de voces y un gran colorido en los distintos grupos instrumentales, las ironías sutiles de las cuales el discurso está repleto y pasajes como cápsulas (la sección de cuerdas, por ejemplo, con un toque liso casi robótico y automatizado) de muy rara belleza y los solos destacados por su lirismo del concertino Xavier Inchausti.
Con una estructura completamente diferenciada, el segundo movimiento en forma de diálogo le cedió la palabra al cello solista, adusto, sensible y expresivo en la interpretación de José Araujo (en las veces del Shostakovich sufriente y vulnerable).
Entre el segundo y tercer movimiento, pareció haber decaído esa cohesión y el pulso interno que une entre las partes para sostener la homogeneidad del discurso. Rumbo que la orquesta retomó con claridad en el cuarto movimiento, en los ampulosos motivos wagnerianos que impusieron su pátina desde los metales con una presencia brillante desde el famoso “motivo del destino” que acaba con sus ecos la composición. Protagonismo de las percusiones en el inusitado y silencioso final de una obra maestra que ofrece a cada sección su oportunidad de lucimiento y que, entre las bromas y los acertijos del autor, premia la concentración del público en el descubrimiento de su originalidad.
Previo al intervalo, la orquesta despidió en su último concierto al destacado flautista Claudio Barile, una institución del organismo que integra desde hace 52 años (ingresado en 1974 y ascendido a solista principal en 1984).
En la segunda parte, la frutilla del postre. Un cambio de paisaje con la llegada del virtuoso nacido en Hong Kong en 1996: el pianista Aristo Sham, primer premio del último concurso internacional Van Cliburn (2025) y licenciado en Economía por la Universidad de Harvard. Títulos que, no obstante, todo lo que representan, empalidecen frente a su imagen y ejecución en vivo.
Como solista del 3º concierto de Rachmaninov, Aristo deslumbró con su actuación frente a una de las partituras más difíciles del repertorio, no solo por la demanda técnica que implica esfuerzos desmedidos, el virtuosismo y el caudal sonoro, sino también por la musicalidad apasionada y una gran resistencia física. ¿Cuáles son esas demandas a nivel pianístico? Todas las que definen al instrumento en su dificultad máxima. Y una en particular: llevar el canto en acordes tan masivos y dificultosos sin que los saltos quiebren la línea, sin que la polifonía ahogue la melodía y sin que la velocidad y la fuerza los vuelva toscos en lugar de suntuosos, fecundos y aterciopelados.
El pianismo de Sham superó todos esos obstáculos con un grado de claridad y transparencia extraordinario. Su precisión rítmica y la dicción nota por nota en la velocidad es apabullante. Y tan apabullante como el virtuosismo, el sonido portentoso y los arcos dinámicos inmensos hasta el desenlace triunfal, es el control, el equilibrio y la calma monacal con que emprende este desafío que es el Everest de las capacidades pianísticas. Lejos de todo show personal, de los gestos vanos y las sobreactuaciones más estridentes, Aristo también es virtuoso en esa actitud por la cual se rinde con su talento genial al servicio de la música.
Fuera de programa, una transcripción de Bach: la Gavota de la Suite para violín en Mi BWV 1006, parte de la célebre colección de Rachmaninov sobre la obra del “Padre de la música”. Y el cierre de la noche magnífica con una ovación de pie.

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