Cuando el “foro incel” quiere destruir el “cuarto propio”: la vigencia de Woolf, Beauvoir y Walsh frente al antifeminismo actual OPINIONPor Antonella Marty

Las mujeres libres siguen siendo una amenaza al orden tradicional, terco, cruel, misógino y medieval que nuevas derechas pretenden restaurar

En los últimos años, la política argentina ha experimentado una creciente polarización, intensificada por figuras como la de Javier Milei y una nueva militancia joven. Este fenómeno se inscribe en una tendencia global de políticos de una nueva derecha que comparte un eje en común: el antifeminismo, engendrado en su capacidad para captar emocionalmente a un público específico: jóvenes varones, mayormente urbanos, digitalmente activos y emocionalmente aislados.

La socióloga argentina Melina Vázquez, investigadora del CONICET y profesora de la Universidad de Buenos Aires (UBA), se ha dedicado a investigar y estudiar en profundidad, y con trabajo de campo, cómo se construye la juventud libertaria militante. Vázquez, una de las autoras del libro “Está entre nosotros”, donde se explora el desarrollo del movimiento libertario argentino, da un detalle central para entender cómo los jóvenes libertarios salieron de la marginación y se convirtieron en una especie de narrativa, de identidad política que atrae a otras personas (El litoral, 2024):

“Los debates en torno a la Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) en el 2018 y en el 2020 fueron muy importantes porque muchos jóvenes van a empezar a reconocerse como parte de la derecha. En la oposición al aborto legal seguro y gratuito van a encontrar una identidad pública que los aglutina. Tal vez antes no sabían o no se sentían parte de esa derecha, es decir que la idea de ser de derecha permitió aglutinar una heterogeneidad de agendas entre las cuales reconocerse antiaborto legal seguro y gratuito traccionó una parte de esa militancia. Tal vez no estaba en las calles como estaban los pañuelos verdes, pero sin duda reactivó sociabilidades, tramos familiares, vínculos (…) Esta derecha reivindica ser de derecha, critica la corrección política y dice lo que piensa. Y hay algo de clima de época que creo Milei expresa. Expresa esto: decir lo que piensa sin ningún filtro. Lo expresa en las redes sociales, y expresa la manera en que esos militantes reivindican y hacen de la condición de ser de derecha una bandera”.

La pandemia del COVID-19, sin lugar a dudas, jugó un papel central en el crecimiento de este grupo, alimentados por influencers y redes sociales que todavía repiten con insistencia discursos de odio “amparados” en lo que la nueva derecha llama “derecho a ofender”. Es así que la aparición del militante incel representa una nueva forma de activismo político, desvinculada de mecanismos tradicionales y fermentada en la lógica de las redes sociales. La militancia ocurre también en X o YouTube, donde se produce y consume contenido que valida emocionalmente a estos sujetos, les brinda pertenencia y, en última instancia, una causa por la cual luchar, concluyendo muchas veces en crímenes de odio y violencia de género. Esta participación política reconfigura el debate público: el cuerpo de las mujeres vuelve a ser el campo de disputa central, no como sujeto político autónomo, sino como objeto de deseo, competencia, propiedad o resentimiento.

Los discursos de las nuevas derechas no buscan persuadir mediante argumentos racionales, sino movilizar mediante emociones intensas: miedo, resentimiento, ira, frustración. Las redes sociales, con su lógica de inmediatez, viralización y segmentación algorítmica, potencian esta dinámica, al permitir la creación de cámaras de eco donde los discursos se amplifican sin fricción ni contraste. A través de memes que promueven la violencia y la discriminación, vídeos provocadores y eslóganes fuertes, se construyen comunidades digitales que refuerzan identidades políticas basadas en la confrontación y los discursos de odio construidos siglo tras siglo.

Dentro de esta recuperación necesaria de las herramientas del feminismo, es fundamental contextualizar históricamente el movimiento a través de sus cuatro olas principales. La primera ola (finales del siglo XIX y principios del XX) centró su lucha en los derechos civiles y políticos, especialmente el derecho al voto y la propiedad. La segunda ola (décadas de 1960 y 1970) amplió el enfoque hacia la igualdad jurídica, laboral y educativa, así como el derecho a decidir sobre el propio cuerpo. La tercera ola (años 90) cuestionó las nociones universales de mujer, incorporando perspectivas de género, color de piel, clase y sexualidades diversas, destacando la interseccionalidad como clave interpretativa. Finalmente, la cuarta ola (a partir de 2010) se caracteriza por el uso de redes sociales para la movilización, el énfasis en la lucha contra la violencia de género y la denuncia de estructuras de poder patriarcales en todos los ámbitos, visibilizando realidades como el acoso y los micromachismos. Comprender esta genealogía es esencial para dimensionar los ataques actuales al feminismo como parte de un proceso histórico más amplio de resistencia y transformación social. Como sostiene la periodista española Nuria Varela en su libro Feminismo 4.0: la cuarta ola (2019), “tras una época fructífera de derechos y las libertades de las mujeres, sigue, sistemáticamente, una virulenta reacción patriarcal” y “toda ola nace con un reflujo en su interior”.

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