Jorgelina Aruzzi: “Me arrepiento de no haber sido más libre con mi cuerpo”Por Sebastián Soldano
Dice que sus 50 llegaron para limpiarse de mandatos. La actriz repasa desde el enojo de su padre por su vocación y una juventud “velada por el duelo”, al momento en que dejó de hablarse “feo” frente al espejo y entendió que el matrimonio es algo anormal
En la peluquería de Díaz Vélez se abrían mundos. Porque, en definitiva, mamá no hacía más que peinar “musas” para esa chiquita silente pero tan perspicaz que sabía leer cabezas aún por debajo de los secadores. Desde entonces, “las señoras resultaron objeto de toda mi atención”, refiere Jorgelina Alicia Aruzzi entusiasmada en dar cuenta de cómo la observación definiría tal vez mucho más que su “ser actriz”. Un ejercicio en el que tejió “el humor, que tantas veces salvó nuestra vida familiar” y, más luego, cierta conciencia social que la llevó a inyectar en cada creación la pregunta: ‘¿Qué podría cambiar yo con esta historia?’
Dice haber descubierto su vocación recién a los diecisiete y en un taller de pintura. Pero, de camino a esas aulas, hay un ‘antes’ que contar. Está convencida: ‘el sentido del humor es un don que se entrena’. Y la dinámica familiar tuvo que ver con ese concepto. En aquella casa de Caballito, “había mucho de tragedia, pero no faltaba el chiste inmediato para exorcizar lo que fuera”, recuerda Aruzzi.
“Las historias más ordinarias sabían contarse con tantos detalles que hasta parecían especiales y siempre se encontraba a quien imitar con gracia e ironía, en definitiva, con inteligencia”, describe. “Sin dudas, algo de lo teatral sobrevolaba el ambiente sin que tuviésemos demasiada noción de ese mundo tan maravilloso”.
El humor, asegura, “fue gran salvador en una infancia enmarcada por la hiperinflación de Raúl Alfonsín que instaló una crisis inmensa y varias restricciones. Entonces se convirtió en un gran recurso para transitarlas”. Aún así, ‘si había algo que sobraba era amor, presencias y una vida familiar muy para nosotros’, cuenta respecto de una diaria timoneada por Blanca, peluquera de oficio, y Jorge Aruzzi, electricista, “dos laburantes que supieron pelearla económicamente”. Jorgelina creció como la segunda de tres hermanos. Y si bien, Cecilia (hoy psicóloga) y Marcelo (músico y actor), compartieron con ella la fascinación por Niní Marshall, El superagente 86 (“teniendo como personaje inspiracional a ‘la 99’”) y “todas y cada una” de las telenovelas de Canal 9 como Libertad condicionada a la cabeza, “ser ‘la del medio’, me empujó a buscar un foco, atención, un escenario. Porque, de un modo u otro, sentía la suerte de ‘la desapercibida’”, reflexiona.
Fue una niña por demás “introvertida” que transcurría por ahí al acecho de “mis propios rinconcitos de solitud. Un aspecto muy propio que logré aceptar con el paso de los años”, admite. ‘De repente hoy puedo irme de viaje con amigas, pasarlo espectacular pero también necesitar regresar luego, recluirme y no ver a nadie por un tiempo’, señala. La secundaria traería consigo una “gran transformación”, señala. ‘Imitaba a los profesores y notaba que divertía. Pasaba a dar lección y sentía una chispa… La chispa de la transgresión’, contextualizando la génesis de un mood que la define. ‘La provocación me encaminó y ya nadie me detuvo’, dice. ‘Siempre me motivó el hecho de imprimir esa ‘toma de partido’ por algo en cada uno de mis textos o de mis personajes… No imagino otra forma de actuar’.
El despertar de la vocación comenzó a las pinceladas. “La descubrí recién a los dieciséis cuando, por haberme inscripto en un curso de Plástica, comencé a frecuentar el Labardén (Instituto Vocacional de Arte Manuel José de Labardén, municipal y gratuito), puerta de acceso a ese universo tal vez inalcanzable para una chica de familia trabajadora que había crecido creyendo que los actores de las novelas se cambiaban el vestuario durante las tandas publicitarias”. De aquellas aulas pasaría a las de Alejandro Casavalle, Héctor Bidonde, Agustín Alezo, Ricardo Bartis, Graciela Pafundi en la escuela de clown y a la de Pérez Aralla en taller de máscara, entre otras en las que ha tomado, además, clases de liberación de voz. “Actuar era, en definitiva, otro modo de seguir jugando”, argumenta. De camino a los 18 la decisión ya estaba tomada y el mayor de los desafíos sería, entonces, enfrentar a papá.

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