Un salto en la pileta le paralizó piernas, y manos: "Cuando presenté a mi novio mi papá temía que fuera un perverso"Por Julieta Roffo

Se accidentó a los 14 y se mueve en silla de ruedas desde entonces. La sexualidad, la maternidad y las oportunidades laborales desde la mirada de una persona con discapacidad

Era 31 de diciembre, faltaban unas siete u ocho horas para brindar por la llegada de 2011. Gisela tenía rulos y 14 años, y se había parado sobre uno de los esquineros de la pelopincho de la amiga a la que había ido a visitar. Iba a recibir ahí el Año Nuevo, tal vez vería al chico con el que “andaba noviando” -así lo recuerda- después de las doce. Su amiga entró a la casa y ella intentó un salto mortal hacia adelante. Pero el cálculo falló y lo que iba a ser una pirueta se volvió una tragedia.

Ariel, su papá, llegó a la velocidad del pánico. Es bombero, aunque ahora está jubilado, así que sabía sobre maniobras de reanimación. Pero lo que todos creían que había sido un ahogamiento era en realidad una parálisis. “Cuando pude hablar, le dije a mi papá que me dolía mucho el cuello y que no sentía las piernas”, recuerda, y agrega: “Él me dijo que me quedara tranquila y puso cara de que sabía que algo no andaba bien”.

Una melliza de fierro y una recuperación lenta

La subieron a un auto, la bajaron en el Hospital de Niños de San Justo y, ese mismo día, cuando vieron que la complejidad del caso era más que la que podía soportar ese centro de salud, la subieron a una ambulancia y bajó en el Hospital Garrahan. Gisela llegó allí inconciente y supo muchos años después que, esa misma tarde, los médicos le dijeron a su papá: “Si logra pasar esta noche, no va a caminar nunca más”.

“Me desperté una semana después, me habían hecho una traqueotomía”, cuenta Gisela. La huella de esa intervención que le facilitaba la respiración en los momentos más críticos asoma en su cuello quince años después. Cuando se despertó, Katherine, su hermana melliza estaba al lado de su cama. Prácticamente no se había movido de ahí, ni se movería durante el año que, entre ese hospital y el centro de rehabilitación al que sería trasladada tres meses después, Gisela pasó internada.

Mi hermana estuvo espalda con espalda conmigo, a rajatabla. Mi papá trabajaba: era bombero y remisero. Con mi mamá la relación siempre fue muy difícil por problemas de salud mental suyos, y la que también estuvo siempre para mí, casi desde el principio de la internación, fue Marta, la pareja de mi papá”, cuenta.

Marta fue la que, una vez que estuvo de vuelta en su casa, ayudó a “Gigi”, como la llaman en su casa, a entender que ser una persona con discapacidad no debía ser impedimento para muchos de sus objetivos y sus obligaciones. “Yo decía que no quería ir a la escuela, que estaba cansada, y ella me desafiaba: ‘¿por qué no vas a ir? si nada te lo impide…‘. Así hizo con muchas situaciones y me empujó a lograr lo que yo en principio no tenía ánimo para lograr”, cuenta Gisela, que a Marta a veces le dice “Marta”, a veces “mamá”, y casi siempre, cuando habla de ella y Ariel, dice “mis viejos”. Pero antes de que Marta la desafiara para construir una autonomía que parecía perdida casi por completo, hubo que pasar por el hospital y por una larga recuperación en el centro que Fleni tiene en Escobar.

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