05:44Memoria histórica, obsequios, homenajes, celebraciones y arte: una muestra de la cartografía escultórica de Buenos Aires
Las estatuas, bustos y fuentes que gobiernan el espacio público forman un museo a cielo abierto. Detrás de cada monumento hay una biografía: quién lo encargó, en qué contexto político fue erigido, qué debates generó. Un recorrido por algunas de las obras paradigmáticas de una ciudad que se narra a sí misma en bronce y piedra
En Buenos Aires las estatuas no decoran: cuentan. Son páginas de bronce y mármol que narran ambiciones, homenajes, caprichos políticos y gestos diplomáticos. La ciudad que suele mirarse en el espejo, con un poco de bruma, de París, guarda en sus plazas y parques un museo al aire libre donde conviven fragmentos de la antigüedad clásica, próceres modelados por los más grandes escultores europeos, fuentes monumentales que viajaron en barco desde fundiciones francesas y hasta personajes de cuentos infantiles que, lejos de ser ingenuos, también hablan de una época y de una sensibilidad urbana. Entre ellas hay piezas antiquísimas, otras gigantescas y algunas que, como en una novela, fueron desmontadas, dispersadas y hoy esperan ser reunidas como un rompecabezas patrimonial.
La ciudad alcanzó su verdadera vocación escultórica a fines del siglo XIX y comienzos del XX. En esos años de prosperidad agroexportadora y oleadas inmigratorias, las élites porteñas importaron modelos europeos con fervor. Se encargaron monumentos a artistas franceses e italianos, se compraron piezas a fundiciones prestigiosas y se poblaron parques con alegorías, próceres y fuentes. El espacio público se convirtió en escenario de una pedagogía cívica hecha de bronce.
Entre las obras más célebres figura El Pensador, fundido a partir del modelo de Auguste Rodin. La escultura, instalada hoy en las inmediaciones del Congreso, es una de las fundiciones autorizadas realizadas desde el molde original del artista. Llegó a Buenos Aires en 1907 por iniciativa de Eduardo Schiaffino, primer director del Museo Nacional de Bellas Artes, quien entendía que la ciudad debía dialogar con la gran escultura europea. Rodin había concebido la figura como parte de La Puerta del Infierno, inspirada en Dante. El hombre desnudo, inclinado hacia adelante, con el mentón apoyado en la mano, no representa solo el pensamiento abstracto: es, en palabras del propio Rodin: “El hombre que medita sobre su destino”. Que una ciudad joven del sur tuviera una pieza de ese linaje artístico fue una declaración de aspiraciones culturales.
También de Rodin es el Monumento a Domingo Faustino Sarmiento, emplazado en Palermo. Inaugurado en 1900, el conjunto generó polémica por su tratamiento expresivo y por la ubicación elegida. Rodin modeló a Sarmiento con una fuerza casi turbulenta, lejos de la serenidad académica. El crítico francés Camille Mauclair señaló que la obra revelaba “una energía volcánica”. En Buenos Aires, algunos contemporáneos la consideraron demasiado audaz. Con el tiempo, esa tensión se transformó en uno de sus mayores valores: la ciudad posee no una copia, sino una obra concebida por el propio maestro francés.
Otra historia singular es la de la “Estatua de la Libertad porteña”, ubicada en Barrancas de Belgrano. Se trata de una versión realizada en los talleres de la fundición Val d’Osne, basada en el modelo de Frederic Auguste Bartholdi. Fue inaugurada en 1886, semanas antes de que la célebre estatua neoyorquina se presentara oficialmente en el puerto de Nueva York. No es una reproducción tardía sino una pieza contemporánea del proyecto original. El historiador Alberto de Paula recordaba que la Argentina de entonces buscaba exhibir su adhesión a los ideales republicanos y liberales, y qué mejor símbolo que la figura que alza la antorcha.
Si se pregunta cuál es la escultura más grande de la ciudad, la respuesta conduce al Monumento a los Españoles, oficialmente llamado Monumento a la Carta Magna y las Cuatro Regiones Argentinas. Inaugurado en 1927, alcanza más de 25 metros de altura y domina la intersección de Libertador y Sarmiento. Concebido por el escultor español Agustín Querol y continuado por Cipriano Folgueras tras la muerte del primero, el conjunto es un despliegue de mármol de Carrara, figuras alegóricas y relieves. Es uno de los monumentos más imponentes de Buenos Aires, tanto por escala como por complejidad escultórica.

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