Día Mundial del Parkinson: una enfermedad que empieza mucho antes que el temblor

Nuevas estrategias médicas proponen detectarla de forma temprana, incorporar el apoyo familiar y dar prioridad a la calidad de vida de los pacientes

Cuando escuchamos la palabra Parkinson de manera general pensamos en una enfermedad con una imagen dominante: una mano que tiembla. Esa imagen hoy ya resulta limitada y la mirada médica está dirigida hacia un espacio conceptual más amplio y menos visible.

La consigna que puede parecer difusa apunta a salir de un modelo tradicional, donde ya no alcanza con diagnosticar y medicar, es decir, detectar la rigidez y el temblor y adjudicarle un fármaco, sino que hay que pensar en otros aspectos más como el seguimiento, el apoyo familiar, la rehabilitación, los síntomas no motores, como son los cognitivos y emocionales y, de manera general, la calidad de vida.

Es decir, el problema no es sólo neurológico en un sentido tradicional, sino de salud general, y también sanitario, social y organizacional. Esta mirada es incorporar no solo que el Parkinson no comienza necesariamente cuando aparece el temblor, sino que implica recordar algo que a menudo queda relegado: nunca fue sólo una patología del movimiento.

En una nota previa (“Parkinson: cuáles son sus manifestaciones en la salud mental y cómo impactan en el bienestar de los cuidadores”) vimos cómo la depresión, la ansiedad, la apatía, el deterioro cognitivo y la carga sobre quienes acompañan al paciente forman parte del cuadro central. No es -o no debe ser tratado- como un apéndice secundario. Esta mirada hace a la conceptualización más amplia del diagnóstico y tratamiento.

Ahí está la búsqueda de biomarcadores que permitan detectar la enfermedad antes y mejor. Uno de los avances más relevantes es las pruebas que detectan y amplifican rastros patológicos de alfa-sinucleína (seed amplification assays), una proteína clave en el Parkinson.

Una revisión publicada este año en Nature Reviews Neurology subraya el avance de este y otros biomarcadores con potencial para mejorar la precisión diagnóstica y permitir diagnósticos más tempranos. Este cambio, que también estamos viendo en varias áreas de la neuropsiquiatría, es la búsqueda de pasar de una definición puramente clínica, basada principal o únicamente en signos motores ya instalados, a una definición cada vez más biológica con biomarcadores.

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