04:08¿Gimnasio o escaleras y bolsas del súper? Qué movimiento importa cuando vamos a vivir más años
Entre el auge del entrenamiento de fuerza y el valor de subir cuestas, cargar peso y caminar todos los días, la ciencia y las culturas longevas reordenan cómo se construye una vejez con autonomía
Mi amiga Silvanna vivía en el morro y bajaba cada mañana a hacer las compras con dos bolsas iguales. “Así distribuyo el peso, y entre la subida, la bajada y la fuerza de los brazos cargando las bolsas, no tengo que ir al gimnasio”, decía, y se reía, con esa canción que tienen las cariocas en la garganta cuando respiran. Eran los noventa, acababan de aparecer las mega cadenas de gimnasios gigantes a los que debíamos ir sí o sí para estar flacas y levantar los glúteos. Pensé en mi amiga esta semana, cuando el algoritmo me apabulló con todo lo que hay que hacer en el gimnasio para envejecer bien. No es por belleza, te dicen, es por bienestar. Pero siempre hay una amenaza: muchas horas de gimnasio y entrenamiento de fuerza o no podrás levantarte de la cama.
Dan Buettner cobró renombre en los últimos años como el creador del concepto de las “zonas azules”. Recorrió el planeta buscando pueblos donde la gente vive más, muchas veces más de cien años, y trazó su propio mapa de puntos en común. Uno de ellos es la geografía: pueblos y ciudades en cerros o laderas, donde hay que subir y bajar escaleras y cuestas todos los días. “Las personas de las zonas azules no hacen ejercicio. Se mueven de manera natural. Sus vidas están organizadas de tal modo que no pueden evitar moverse”.
Esa frase —“no hacen ejercicio, se mueven”— no es retórica. Es el núcleo de un debate profundo. Porque mientras la industria del bienestar y las redes sociales reproducen relatos de cuerpos musculados y rutinas cronometradas, la evidencia de las zonas azules sugiere otra cosa: caminatas distribuidas a lo largo del día, tareas funcionales, movimiento cotidiano como motor de una vida larga y autónoma.
Cerdeña es uno de esos puntos azules del planeta. La dieta mediterránea importa, pero el movimiento está incrustado en la geografía. No se camina en cinta: se camina en pendiente. No se busca “estimular el core”: se carga, se sube, se baja, se equilibra el cuerpo sobre superficies irregulares. El movimiento no es una hora aislada: es el día entero.
Más cerca nuestro, en la Puna, las coyas bajan cada año bailando por el cerro para celebrar el carnaval y espantar al diablo. La chaya puede durar horas o días porque es un agradecimiento a la Pachamama y una forma de organizar la vida. Bailar, andar, moverse por las laderas con la agilidad de las cabras no es entrenamiento: es modo de habitar el mundo. En esa escena, el músculo no se entrena para “lograr”: se usa para pertenecer.
Ganar fuerza mientras se camina, se carga, se baila, se socializa o se ayuda a otros le suma al movimiento algo que el gimnasio muchas veces no ofrece: aire libre, conversación, comunidad. Casi todo lo que falta en las grandes ciudades, donde cumplimos con la obligación del entrenamiento a las corridas, entre el trabajo y el resto de las tareas, yendo en auto hasta la puerta y despotricando porque no hay dónde estacionar.

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