06:02René Lavand: de la infancia marcada por una tragedia a convertirse en leyenda de la cartomagia mundial
A los nueve años lo atropelló un auto y debieron amputarle la mano derecha. Desde entonces dedicó su infancia y juventud a entrenar la izquierda y construir una técnica que lo convirtió en uno de los ilusionistas más reconocidos del mundo. Murió un día como hoy, hace once años
Hacía tiempo que, según explicaba, no estaban dadas las condiciones para trabajar en la Argentina. Su carrera transcurría mayormente en el exterior y, cuando no estaba de gira, René Lavand se instalaba en Tandil junto a su última esposa. Allí daba clases de ilusionismo en un viejo vagón de tren que había acondicionado como salón de magia. Hasta le puso nombre: Pata de Fierro. Pero un día se enfermó de neumonía y murió. Tenía 86 años y una trayectoria que lo había convertido en un referente mundial de la cartomagia.
Para cualquiera, ese episodio habría sido el final del sueño. Más aún en su caso: era diestro y había perdido la mano dominante. Sin embargo, después de aprender nuevamente a comer, escribir y hasta jugar a la paleta con la izquierda, René empezó a practicar movimientos con las cartas. A los 14 años vivía en Tandil, lejos de los escenarios porteños que imaginaba conquistar algún día. Allí comenzó el trabajo paciente que definiría su estilo.
Mo tuvo más opción que ser autodidacta. Pasaba horas con el libro Cartomagia, de Joan Bernat y Esteban Fábregas, porque no existía un maestro que pudiera enseñarle a manejar una baraja con una sola mano, y menos aún con la izquierda. Nadie apostaba por él. Ni siquiera su familia. Su padre, que murió en 1955, mostró cierto alivio al verlo trabajar como empleado bancario, donde se desenvolvía con soltura contando dinero y escribiendo a máquina.
Lavand, en cambio, nunca dejó de creer. Un compañero de trabajo, a quien solía entretener con sus trucos, lo alentó a montar un espectáculo y lo ayudó a conseguir un contacto en el Hotel Continental. La consagración llegó cuando ganó un concurso de ilusionismo en Buenos Aires. Desde entonces se le abrieron las puertas de los grandes teatros porteños, como el Nacional y el Tabarís, y poco después llegó a la televisión de la mano de Juan Carlos Mareco y su inolvidable ciclo, El show de Pinocho.
Verlo actuar era hipnótico. No se trataba solo del truco, sino del relato que lo acompañaba. Su mano se movía primero con velocidad y luego en cámara lenta. “No se puede hacer más lento”, decía, mientras el público, atento a cada carta, era incapaz de descubrir el secreto. La ilusión terminaba imponiéndose como una verdad.
Su fama cruzó fronteras. Tras una etapa en México, recorrió distintos países de América Latina hasta llegar a Las Vegas, donde llamó la atención del legendario presentador Ed Sullivan, que lo invitó a su programa. Lavand sabía que su presencia sorprendía (“Era raro ver a un prestidigitador manco”, decía), pero también que bastaban unos minutos para que el talento hiciera olvidar cualquier limitación.

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