Salvatore Caputo: del Réquiem de Verdi a la pregunta sin respuesta

“¿Con qué dios nos vamos a encontrar si no tuvo piedad por el hombre que construyó nuestra literatura? Esa es la pregunta sin respuesta con que Verdi emprendió la composición de su Réquiem. Al pesimista le quedará la duda. Al optimista, la ilusión”. Así explica Salvatore Caputo, el germen de esta obra cumbre del repertorio coral sacro: un interrogante que el compositor, conmovido por el sufrimiento del poeta Manzoni, atraviesa su música sin respuestas.

En un concierto que tendrá lugar este sábado a las 20 en el Palacio Libertad, el Coro Polifónico Nacional (CPN) ofrecerá bajo las órdenes de Salvatore Caputo (director invitado de sólidos vínculos con la Argentina, quien entre 2004 y 2009 fuera director del Coro Estable del Teatro Colón), la icónica Misa de Réquiem en un arreglo de Michael Betzner-Brandt que reemplaza la parte de orquesta por un ensamble instrumental. Sobre este hito en la trayectoria de Verdi y su importancia en la tradición italiana, el prestigioso maestro, actual director del coro de la Ópera de Burdeos, dialogó con LA NACION.

–¿Qué significado tiene esta elección en su regreso a la Argentina?

–El Polifónico me comisionó una pieza que pusiera al organismo en el máximo de sus posibilidades y este arreglo pone al coro en primera línea sin la protección de la orquesta. Para mí tiene un costado romántico porque debuté con este Réquiem en 2005 y es una obra sobre la que he reflexionado durante años preparándola con grandísimos maestros: Riccardo Muti y Zubin Mehta, y en la Argentina, Carlos Vieu. El CPN tiene experiencia y voces excelentes con gente que también ha cantado ópera, de modo que cuento tanto con la sutileza de un polifónico como con el fuego de un lírico.

Salvatore CaputoTadeo Bourbon

“Toda vez que un compositor escribe un réquiem, piensa en el final de su carrera. Así lo pensó Verdi después de Aida, cuando planeaba retirarse a vivir de sus tierras. Aunque por un milagro y por la inteligencia de Ricordi que le puso al lado un hombre de cultura como Boito que lo empujó hasta Otello y Falstaff, dio otros veinte años de música —explica Caputo, internacionalmente reconocido como especialista en la materia coral—. En realidad, él ya había comenzado a elaborar la idea en un proyecto que no prosperó con otros compositores por la muerte de Rossini. Luego, golpeado por la muerte de Manzoni, que con la pérdida de su hijo se volvió loco, Verdi se plantea sus dudas: ¿Con qué dios nos vamos a encontrar si no tuvo piedad por el hombre que construyó nuestra literatura? Un dios que, en lugar de proteger al artista, le da al hombre de bien el sufrimiento más grande, el dolor universal del padre que entierra al hijo. No sé si ese dios me interesa.

–¿El motor de la composición es la pregunta por la naturaleza de dios?

–Y al final queda un acorde vacío que baja hacia la voz grave como un suspiro, un pequeño aliento final. Es la pregunta sin respuesta. Cada uno encuentra la propia. Al pesimista le quedará la duda. Al optimista, la ilusión. La idea de Verdi es que dios debe proteger de ese dolor a los padres, por eso en su Réquiem hay tantas tensiones. Hay un dios al que le habla cara a cara como en el mundo judío.

–¿Lo interpela?

–Como si fuera el judío en el Monte Sinaí preguntándole ¿por qué nos hiciste pasar 40 años en el desierto? Después del Concilio Vaticano II estamos frente a un dios de amor, pero la manera de relacionarse de Verdi es más al modo judío, a la manera del Antiguo Testamento. Es un dios severo, caprichoso e injusto con el que también nos peleamos. Lo interpela cuando lanza tres veces el Dies irae [himno latino sobre la idea del “día del juicio final”] basado en el significado de la geometría sagrada. Hacer resonar tres veces el nombre tiene un poder en la composición porque para hablar con dios se necesita pedir tres veces. Cuando hacemos el Sanctus se lo nombra tres veces para abrir el portal que divide lo divino de lo humano. ¡Sálvame. Sálvame. ¡Sálvame! Por ese poder que tiene el número (y hay que ser cuidadoso en la lectura de las repeticiones que generan un patrón) la divinidad no puede dejar de contestar. Ese es el sentido. Uno puede ignorar las leyes de la geometría sagrada, pero en algún punto, la música golpea el inconsciente de quien la escucha. Cuando Verdi pone dos Dies iraes, implica que, al tercero, Dios tendrá que contestar: ¡Yo, compositor, te pido el Réquiem, el descanso de los que ya murieron! Es extremadamente fuerte y personal. Hay muchos réquiems en la historia y cada uno elige de acuerdo a su trayectoria de vida, cuál es el que siente frente a la idea de la muerte.

Salvatore CaputoTadeo Bourbon

Siglos de tradición italiana

–¿En qué difiere musicalmente este Verdi sacro del Verdi lírico?

–En la capacidad de desarrollar todos los colores posibles e imaginables con una paleta de matices que no tienen lugar en la ópera y aquí están infinitamente más trabajados. El coro no está en la escena ni se mueve. Canta quieto y logra el máximo impresionismo posible. En toda la música sacra que compuso al final de su carrera quiso demostrarle al mundo entero que nosotros —Italia— somos hijos de Palestrina.

–No de Bach, como llamamos en la historia “el padre de la música”…

–No. Y lo mismo hizo Rossini. Esa es la tradición italiana. Cada compositor que hizo música sacra a cappella utilizó armonías transparentes ¿Para qué? Para decirnos que somos italianos y que nuestro pilar es Palestrina. De ahí venimos, de una tradición que se remonta a muchos siglos. Después hay complejidades que vienen de nuestro segundo padre —Gesualdo da Venosa— que hacía experimentación armónica profunda y audaz. Eso no significa que Bach no sea un padre de la música. Pero ésta es la cultura italiana y ésta es nuestra manera de expresarla.

–¿Cómo actúa esa transparencia italiana en contraste con la solidez germana en la música religiosa?

–¡Por eso el Réquiem de Verdi no les gusta a los alemanes! Tuvo mala recepción desde el inicio. Los germanos no entienden esa búsqueda que va tras el mensaje en lugar de la sabiduría técnica. Verdi quiere mostrar el cuadro con claridad. Esa es la parte superficial. Pero en la parte profunda, donde los alemanes ya no llegan porque la rechazan desde el inicio, uno encuentra esas armonías complejas que vienen de nuestros grandes maestros de la polifonía. Verdi no quiere construir un edificio para apreciar de lejos. Quiere una obra para el hombre, algo que se pueda tocar con las manos. En el Réquiem alemán de Brahms lo que impresiona es la potencia y magnitud de la arquitectura. Verdi, en cambio, es la Gioconda en el Louvre, un cuadro chiquito que convoca a lo esencial. Aquí es la transparencia de una tradición mística. Gesualdo tiene algo de alquimista y secreto que es para pocos. Y Verdi juega con esos dos niveles: uno en la claridad y otro en lo secreto, donde pone la tensión de los acordes y sus resoluciones.

Salvatore CaputoTadeo Bourbon

–¿Algún ejemplo para orientar al oyente en ese plano oculto y críptico?

–En la segunda parte a cappella de coro y soprano hay tres compases en los que Verdi hace pasar los acordes del continuo a la voz femenina. Ese pasaje de una cuerda a la otra en las mujeres, tan difícil y arriesgado, nos revela algo que nos dice que el amor de Dios es femenino. No quiere la agresividad ni la fuerza del hombre. Es como si dijera: ¡Yo, Verdi, enfurecido, reconozco al final que Dios es un ser de amor! En mi interpretación nos dice que es la imagen de un amor femenino, un dios que es un amor maternal. Me emociono en ese punto porque conozco el sentido divino de esa armonía. Quien no la conoce, presiente que está en un momento espiritual elevado. Y eso es lo que trato de transmitir a los cantantes: que tienen que creer en esto. No importa lo que piensen en sus vidas. En el momento que lo cantan, lo tienen que creer porque dibujan un sentimiento con la voz y el universo se hizo con la voz. No se hizo con la ley matemática, ni con ninguna otra cosa más que la voz. ¡Dios habló! Por eso pienso que el público más interesante es aquel que va por primera vez. Aquel al que la obra le llega como un tsunami de emoción tan perfecta que toca lo profundo del alma humana.

Para agendar

Misa de Réquiem de Giuseppe Verdi. Director invitado: Salvatore Caputo. Coro Polifónico Nacional y ensamble instrumental. Solistas: Mónica Ferracani (soprano), María Luisa Merino Ronda (contralto), Sebastián Russo (tenor) y Mario de Salvo (bajo). Sábado 1 de agosto, a las 20. Auditorio Nacional Palacio Libertad. Entrada libre y gratuita


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