Freddy Varela Montero: se formó en Chile, su país, y se puso al frente de la prestigiosa Camerata Bariloche en el momento más difícil de la agrupación

Hablar de la Camerata Bariloche es referirse a uno de los elencos más prestigiosos del país. Nacida hace 59 años, ha recorrido el mundo, recibido innumerables premios y reconocimientos, compartido discos y escenarios con grandes solistas invitados (Ástor Piazzolla, Martha Argerich, Gerardo Gandini, Manuel Rego, Ernesto Bitetti, Ljerko Spiller, Yehudi Menuhin, Karl Richter, Nicolás Chumachenko, Jean Pierre Rampal, Jean Ives Thibaudet o Mstislav Rostropovich, por mencionar apenas a algunos) y abordado con la misma eficiencia la música clásica como diferentes géneros del repertorio popular.

Su historia es tan brillante y nutrida que harían falta varias páginas para dar cuenta de eso. Fundada en el marco de la Fundación Bariloche con la dirección original de Alberto Lysy, también tuvo a grandes maestros como responsables: Rubén González, Elías Khayat, Fernando Hasaj. Y, desde hace ya tiempo está conducida por su concertino, el chileno Freddy Varela Montero, quien ocupa, además, ese mismo cargo en la Orquesta Estable del Teatro Colón desde 2010.

Este año, la Camerata tendrá una agenda nutrida que la llevará a recorrer muchas ciudades del país y que desembarcará en el Teatro Colón junto a la pianista alemana Margarita Höhenrieder, el 29 de agosto. Además, regresará a Buenos Aires en octubre para presentarse el 14 de ese mes en el teatro Broadway.

–Te movés al frente de dos formaciones muy distintas. ¿Cuál es la diferencia entre ser el concertino de una orquesta sinfónica y la de ocupar esa misma responsabilidad en la Camerata?

–Podría hablar del repertorio, del tamaño de la orquesta. Una orquesta de cámara como la nuestra es, un poco, la extensión de un cuarteto de cuerdas más un bajo. Además, viene de un mundo mucho más introvertido que el de una sinfónica. En la Camerata, yo puedo tener mucho más control porque además soy su director. Pero, a la vez, todos los integrantes somos parte de la creación. En una sinfónica, el papel del concertino es mucho más político quizá, porque la figura principal es el director. Ahí se trata de juntar esas 108 personas y que podamos ser uno solo. En concreto, son dos mundos distintos pero ambos maravillosos.

–¿Cómo juega este lugar del solista destacado en una orquesta como esta?

–En verdad, en la Camarata Bariloche todos somos solistas. Cualquiera que falte se sentiría como en un cuarteto de cuerdas. Y esa es la gracia, que, aunque yo sea el concertino, el lugar de cada músico es imprescindible.

La Camerata Bariloche emprende una gira de conciertos por el paísPrensa Camerata Bariloche

–¿Y en el plano personal, es importante que haya empatía entre todos, distinto a una sinfónica?

–Lo personal es importante, pero no excluyente. Es hermoso llevarse bien con los compañeros, por supuesto, pero he visto hasta cuartetos en los que llegaban a alojarse en diferentes hoteles porque no se soportaban, pero a la hora de tocar podían hacerlo muy bien. Es lo maravilloso que tiene la música. Siempre nos une más allá de lo que pueda suceder debajo del escenario.

–Una orquesta como la Camerata nació en una época determinada de la historia y para determinadas músicas. ¿Cómo se ha ido adaptando a otros tiempos y otros repertorios?

–Es cierto que cada formato tiene asociado cierto repertorio inicialmente, pero no es lo único posible. La Camerata hace también otras músicas, del siglo XX, o populares, que no son las que le dieron origen a esta formación. Y después, depende de la calidad de las composiciones o los arreglos. Por ejemplo, hacemos Piazzolla con orquestaciones de José Bragato que conocía todo esto muy bien. O un arreglo de “Adiós Nonino” de Fernando Hasaj que es maravilloso. A la vez, podemos tocar obras de Bartók o Ginastera, o compartir con Antonio Tarragó Ros, con Falú o con Jaime Torres, como ha sucedido. Hacer tango o chamamé. La verdad es que es un instrumento muy dúctil que se adapta muy bien a muchas cosas. Y también podemos tocar ampliados, como sucederá en el Colón el mes que viene donde haremos la 4ª Sinfonía de Mendelssohn y un concierto para piano de Beethoven.

–¿Cómo se sostiene la Camerata Bariloche?

–Ése es quizá uno de los temas más complicados. Nació en el marco del Camping Musical Bariloche con esa fundación como espónsor. En otros tiempos tuvo a un banco como respaldo. Pero actualmente nos manejamos solos y muchas veces se hace difícil producir los conciertos, mover a un grupo numeroso. Por eso estamos muy contentos con esta gira que tendrá muchas paradas. Lo que no estamos pudiendo es estar en festivales importantes del mundo como pasó en otras épocas. Hasta hemos tenido que adaptarnos alguna vez a tocar con chelos y contrabajo que no eran de nuestros músicos para abaratar los costos de traslado. Todo lo hacemos autoproduciéndonos junto a nuestro mánager, Damián Rovner. Y somos muy austeros, además.

La Camerata Bariloche se presentaré en agosto en el Teatro Colón y en octubre en el Teatro Broadway015 – Prensa Camerata Bariloche

–¿Qué tiene la Camerata Bariloche que lo hace un organismo muy conocido aún por gente que no es habitué de sus conciertos?

–Es un misterio y es hermoso. Me pasa de subir a un taxi y decir que toco en el Colón y en la Camerata y el taxista conoce más a este grupo. Es como un emblema nacional. A lo mejor tiene que ver con que es un elenco que se ha movido no solamente en las grandes salas de concierto, sino que ha tocado en lugares no tradicionales o hasta en plazas al aire libre y ha alcanzado a gente que no la hubiera conocido de otro modo.

–¿Cómo llegaste a ocupar lugares tan destacados en la Argentina siendo chileno y aún muy joven?

–Yo vine porque conocí a la que sería mi esposa en mi país. Ella es argentina y era integrante del Ballet Municipal de Santiago. Yo tocaba en la Orquesta Filarmónica de Chile y de un día para otro prácticamente disolvieron el organismo. Por eso, decidimos venirnos para aquí y al poco tiempo un amigo mío me contó que había audiciones para concertino de la Estable. Armé el repertorio en pocos días, me presenté sin tener contactos y quedé, en un teatro increíble que apenas conocía por dentro. Y un par de años después, por la lamentable e inesperada muerte de Fernando Hasaj, mis compañeros decidieron convocarme para ser el concertino y dirigir la Camerata. Casi me pongo a llorar porque no podía creerlo. En ese momento tenía apenas 38 años y encima siendo extranjero. Aunque en ese último aspecto, este elenco siempre ha sido muy abierto.

–Hace ya mucho tiempo que vivís en Argentina. ¿Cómo te llevás con nuestro país y qué vínculo mantenés con el tuyo?

–Estoy bien argentinizado, aunque no se note en mi modo de hablar, que conservo intencionadamente. Por otro lado, también hago de concertino en la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Concepción o suelo viajar para tocar como solista. Y tengo un hijo en Chile que tiene 22 años y un hermano, todo lo que es un buen motivo para ir a mi país cada vez que puedo.

–Parece que tenés una agenda bien apretada de actividades artísticas y personales.

–La verdad es que sí. Porque además soy parte del Cuarteto Soldi. Con la Estable, hacemos conciertos y ópera. Y tengo a mi esposa y mis hijos aquí en Argentina, lo que incluye llevarlos a la escuela, por ejemplo. Tengo solamente un par de alumnos, una de ellas es mi hija. A veces pienso que debería parar con alguna cosa, pero lo cierto es que disfruto mucho de cada una. Me siento bendecido, aunque a veces, cerca de mis 50 años, empiezo a sentir el cansancio, porque a todo hay que agregarle los viajes que a veces son al otro lado del mundo o los tiempos de estudio que requiere cada cosa. Pero mientras siga disfrutándolo, seguiré haciéndolo. Nunca quiero perder esa parte lúdica que tiene nuestra actividad y que puede verse en los grandes maestros mucho más que en nadie.


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