De descubrir a Whitney Houston y grabar a El Jefe a relanzar las carreras de Lou Reed y The Kinks: los artistas que adoraron a Clive Davis

La muerte de Clive Davis, a los 94 años, cierra uno de los capítulos más influyentes de la historia de la industria discográfica. Durante más de seis décadas, aquel abogado graduado en Harvard que llegó a la música casi por accidente se convirtió en el ejecutivo más poderoso del negocio y en el descubridor de talentos más extraordinario de su tiempo. Whitney Houston, Bruce Springsteen, Janis Joplin, Santana, Patti Smith, Alicia Keys, Barry Manilow, Earth, Wind & Fire y decenas de artistas fundamentales encontraron en él algo más que un empresario discográfico: un visionario capaz de detectar el potencial de una voz, una canción o una personalidad antes que nadie.

En la mitología de la música popular contemporánea, el éxito suele atribuirse de forma exclusiva a la mística del artista solitario o a la química impredecible de una banda encerrada en un estudio de grabación. Sin embargo, la historia nos demuestra que las grandes revoluciones estéticas también necesitan de traductores; mentes capaces de decodificar el pulso de una época y convertir el desorden genial de la contracultura en obras imperecederas. En ese Olimpo de semidioses de la industria donde brillan nombres como Ahmet Ertegun, Phil Spector o George Martin, el nombre de Clive Davis resuena con el peso de una leyenda.

Primero al frente de la tradicional Columbia Records y luego fundando la novedosa Arista Records, Davis no ejerció el oficio de un burócrata de traje negro, sino el de un curador de la sensibilidad popular.

Columbia: el rock como revolución poética

Big Brother and the Holding Company – Cheap Thrills (1968). Si hay un momento exacto donde el viejo orden corporativo de la música entendió que el mundo había cambiado, fue en el Monterey Pop Festival de 1967. Allí, un joven Davis quedó estupefacto ante el vendaval eléctrico y primal de Janis Joplin. Desafiando el ala conservadora de Columbia, la fichó de inmediato.

Cheap Thrills es una obra maestra de la psicodelia y el blues-rock de raíces, pero también una lección de producción conceptual. Davis entendió que la crudeza y el blues psicodélico de Joplin necesitaban la estructura y el respaldo de una gran discográfica para llegar a las masas. Contiene clásicos absolutos como “Piece of My Heart” y “Summertime”.

Santana – Santana (1969). Otro de sus más grandes fichajes y de las visionarias apuestas de Clive tras Monterey y la ebullición de San Francisco. Davis no solo fichó a Carlos Santana cuando el rock latino era un concepto inexistente para el mercado anglo, sino que además intercedió en la selección del repertorio.

Davis insistió en que la banda grabara “Evil Ways” (un tema de Willie Bobo), convenciéndolos de que necesitaban un single fuerte para la radio. El resultado fue el espaldarazo definitivo para que la amalgama de jazz, rock y percusión afrocubana de Santana conquistara el mundo en su consagración en el festival de Woodstock. Por cierto: en 1999 Davis rescató a un Carlos Santana sin contrato discográfico, resucitando su carrera con el gran éxito comercial de “Supernatural”.

Simon & Garfunkel – Bridge over Troubled Water (1970). La relación de Paul Simon y Art Garfunkel siempre fue una tensa soga artística a punto de romperse. En su último y más glorioso álbum de estudio, Davis actuó como el catalizador emocional y comercial que el dúo necesitaba para entregar su obra cumbre de pop folk. Frente a la complejidad de las composiciones y las dudas internas del dúo sobre qué dirección tomar, Davis defendió a capa y espada el carácter épico y la pureza acústica de la canción homónima como el faro del álbum. Su insistencia convirtió un disco que corría riesgo de naufragar por las disputas internas en un cancionero monumental, donde las armonías vocales rozan lo sublime y los arreglos de cuerdas fijaron el estándar de oro para el pop melódico de los años 70.

Bruce Springsteen – Greetings from Asbury Park, N.J. (1973). Si bien fue el cazatalentos John Hammond (quien fichó a Billie Hollyday y Bob Dylan para Columbia) quien descubrió al futuro “Jefe”, fue Davis quien tuvo que estampar la firma final tras una audición acústica que paralizó su oficina.

El disco era un torrente de folk-rock urbano y lírica desbordante, pero a Davis le faltaba algo esencial: el pasaporte para la radio. Davis rechazó el primer corte final del álbum, argumentando que faltaba un hit directo. Un Springsteen contrariado pero desafiado se retiró a una playa y escribió de un tirón “Blinded by the Light” y “Spirit in the Night”. Al incorporarlas, Davis no solo salvó comercialmente el debut de un genio, sino que demostró que el rigor comercial, bien entendido, puede empujar al artista hacia su propia genialidad.

Enterado de su muerte, Springsteen escribió lo siguiente en sus redes sociales: “Acá en E Street lamentamos la muerte del gran hombre de la industria discográfica y querido amigo Clive Davis. A mis 22 años, él cambió mi vida cuando me contrató para Columbia Records. Me trató con el mismo respeto y amabilidad cuando era un don nadie de 22 años que después de todo mi éxito. Un gran hombre. Todas nuestras oraciones y amor.”

Arista: la madurez de los clásicos y el pop eterno

Patti Smith – Horses (1975). Al fundar Arista, muchos creyeron que Davis se volcaría hacia un pop complaciente. Su respuesta fue un cachetazo de lucidez: fichar a la poeta maldita del underground neoyorquino, Patti Smith.

Davis entendió que la crudeza literaria de Smith necesitaba un marco sonoro que no la domesticara. Para ello, propició la participación de John Cale (Velvet Underground) en la producción. El resultado fue Horses, el eslabón perdido entre la canción de autor de alta escuela y el advenimiento del punk. Aquella frase inicial (“Jesús murió por los pecados de alguien, pero no por los míos”) resonó con una libertad total que solo un ejecutivo con verdadera espalda y visión artística se hubiese atrevido a financiar.

The Kinks – Low Budget (1979). Hacia finales de los 70, las leyendas británicas comandadas por Ray Davies vagaban en la indiferencia comercial, atrapados en discos conceptuales que no conectaban con las nuevas audiencias. Clive Davis los llevó a Arista con una misión clara: devolverles el músculo rockero y la ironía pop que los había hecho inmortales en los 60. Así resucitó una carrera que parecía terminada.

Bajo su tutela, Low Budget se transformó en un álbum directo, de guitarras filosas y letras agudas sobre la crisis económica de la época. Davis reposicionó a los Kinks en el mercado norteamericano, logrando que una de las bandas fundamentales de la llamada Invasión Británica volviera a llenar estadios y ganar discos de oro, demostrando que su oficio también consistía en devolverle la dignidad a los maestros.

Lou Reed – The Blue Mask (1982). Tras sus años más erráticos y autodestructivos en los 70, Lou Reed encontró en Arista Records un territorio de absoluta libertad y respeto profesional. Davis no pretendió convertir al cronista de las sombras de Nueva York en una estrella pop de estribillos complacientes; por el contrario, le dio el soporte necesario para que reconectara con su esencia más pura. Con The Blue Mask, y bajo el amparo de la escudería de Davis, Reed entregó uno de sus álbumes más viscerales, maduros y artísticamente unánimes desde los días de The Velvet Underground.

Apoyado en la soberbia guitarra de Robert Quine, el disco desnudó fobias y redenciones con una sobriedad instrumental casi acústica en su honestidad, demostrando que Davis poseía la sensibilidad necesaria para cobijar a los creadores más indómitos del rock y dejarlos ser, simplemente, ellos mismos.

Whitney Houston – Whitney Houston (1985).​ Fue tal vez el logro más personal e icónico de su carrera. Davis descubrió a una jovencísima Whitney cantando en un club junto a su madre, Cissy Houston (ex integrante del grupo vocal femenino Sweet Inspirations). Se convirtió en su mentor, seleccionando minuciosamente cada productor y cada tema a su maravillosa voz, diseñando lentamente su lanzamiento global.

​La trascendencia de Clive Davis radica en haber comprendido que el rol de un verdadero hombre de la música no es el de imponer un sonido, sino el de expandir las posibilidades del artista. Su genialidad no solo se midió en las guitarras rebeldes del rock o en la sofisticación melódica de los cantautores; su intuición alcanzó el estatus de mito cuando fue capaz de trasladar ese mismo rigor curatorial al Olimpo de las grandes voces populares. Al repasar las páginas doradas de nuestra memoria musical, queda claro que las composiciones que nos conmovieron no nacieron en el aislamiento absoluto.

Detrás de la comunión mística de Paul Simon y Art Garfunkel, de la redención eléctrica de Carlos Santana, de la crudeza poética de Lou Reed o del torrente vocal de Whitney Houston, siempre estuvo la mirada invisible de un hombre que supo escuchar el futuro antes que el resto. Clive Davis nos enseñó que la industria, en sus mejores momentos, puede no ser una enemiga del arte, sino el puente definitivo para que las canciones se vuelvan propiedad de la eternidad.


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