The Smiths: los 40 años de The Queen is Dead, el disco que retrató la furia de los jóvenes ingleses contra Margaret Thatcher
El 18 de agosto de 2024 murió en su Francia natal el célebre actor Alain Delon. Sesenta años antes, quien moría en la gran pantalla era Thomas Vlassenroot, el personaje que Delon interpretó en La muerte no deserta (L’Insoumis). La escena que muestra los momentos finales del bello soldado ha quedado, paradójicamente, inmortalizada, y no porque el largometraje sea un pilar del cine noir.
El 16 de junio de 1986, The Queen is Dead, el tercer álbum de The Smiths, apareció en las bateas de las disquerías del Reino Unido. Su portada, la ficticia agonía del ícono galo, tuvo la previa aprobación de su protagonista como también una observación: “Mis padres se hubieran enojado si alguien llamase a un disco ‘La reina está muerta’”. Lanzado tras la publicación de un único adelanto -la vertiginosa “Bigmouth Strikes Again”- y en un momento muy tenso de la relación del grupo con la discográfica Rough Trade, las diez canciones que lo integran cimentaron el lugar de la banda en la historia de la música, aquel que Morrissey deseaba en “Frankly, Mr. Shankly”.
Sólo tres de las canciones del disco no cierran con un lento fade out, recurso utilizado hasta el hartazgo durante los ochenta. También son tres las únicas canciones que sobrepasan los cuatro minutos de duración. Se trata de una obra directa, en donde el instantáneamente reconocible timbre de Morrissey y sus mordaces letras comandan las bases instrumentales compuestas por el genial Johnny Marr -guitarras y teclados-, las danzantes líneas del bajo de Andy Rourke y el punzante Mike Joyce en batería.
Es sabido que el vínculo entre Moz y Marr no estaba destinado a una larga vida -a este álbum solo le siguió Strangeways, Here We Come antes de la disolución del grupo- y que el resentimiento mutuo dura hasta el día de hoy, pero la potencia de su encuentro le dio al pop británico una credibilidad que ha perdurado mucho más allá del tiempo en que ambos compartieron una causa común.
Durante The Queen is Dead es palpable la furia de todos los que habitaban con disgusto la Inglaterra de Margaret Thatcher, quien al momento de la publicación del disco ya llevaba siete años como primera ministra del Reino Unido. A diferencia del voluminoso jopo que por aquel entonces lucía en su cabeza, la lengua de Morrissey no tiene pelos: su sardónico humor apunta contra la propia “Dama de hierro”, la iglesia, la industria musical, la anticuada idiosincrasia que aún parecía dominar las calles y pubs locales y, cómo no, contra la realeza. Todo esto, entrecruzado con reiteradas exclamaciones de soledad, desamor y menciones tanto implícitas como explícitas a las obras literarias y cinematográficas que marcaron al líder del grupo, un ávido consumidor de las artes y dueño de una voz que baña de miel hasta las palabras más amargas.
Y si esa voz hoy es eterna, lo es también gracias a que forma parte de composiciones cuya impronta sonora es tan contundente como el aporte de su cantante. Las guitarras de Marr -por momentos cascadas multicolores; en otros, rasgueos frenéticos o gentiles- funcionaban para Morrissey de una forma bastante similar a la que, en Los Redondos, las de Skay jugaban para el Indio: dos músicos talentosos, creadores genuinos y habilitantes que garantizaban que el frontman tuviese sobre qué desplegar sus dotes.
El rol de arreglador que el inglés también ocupa en The Queen is Dead llena los temas de atmósfera y de cierto cariz barroco, logrando un salto en la experiencia de escucharlos. Es ese el caso en “There Is A Light That Never Goes Out”, el mayor éxito que dio el disco y que con el tiempo se volvería un himno de la música indie, diciendo presente en casi todas las listas de mejores canciones de todos los tiempos. Su minuto final, con el vocalista reiterando el refrán que da nombre a la canción, es un festival de melodías que se entrelazan, capas y capas de cuerdas sintetizadas y una base rítmica incansable. Algo parecido podría decirse de “The Boy With The Thorn In His Side”, “Never Had No One Ever”, “I Know It’s Over”…pero, ¿no es acaso esa incapacidad de quedarse con solo unos pocos momentos altos lo que le da a un disco el mote de “clásico”? No caben dudas: este lo es. Una obra que logra ser en simultáneo lúgubre y vital, con una carga emocional que lo vuelve indispensable para quien conecta con ella. Evocativa, juguetona, compañera. Podrían ser interminables las palabras, pero escucharlo es la mejor forma de hacerle justicia.

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