Fito Páez: tras los abucheos, llegó su nuevo disco Shine
Álbum: Shine. Artista: Fito Páez. Canciones: “Hablame I”, “Girl T-Rex”, “Shine”, “Nuestro Templo”, “Prueba de Amor”, “Río Místico”, “Hablame II”, “Las Fuerzas Armadas del Amor”, “Planeta Azul”, “La Esquina del Sol”, “El Honor de los Lobos”, “Universo” y “Hablame III”. Edición: Sony Music. Nuestra opinión: Bueno.
La demostración más clara de que cada persona cuenta con muchas aristas que conviven, tiene una prueba que es de lo más simple y gráfica (especialmente para la gente que viaja en un colectivo). Sentados en el fondo del micro, vemos a alguien que está de pie, más adelante, tomado del pasamano. Lo que el perfil de esta persona nos ofrece no es solo este trazo contorneado sino la proyección de su rostro visto de frente (aunque no lo vemos). Claro que cuando camina hacia el fondo, para alcanzar la puerta y bajar, ese rostro no es del todo ese mismo que nuestra mente proyectó. El 3D que nos faltaba nos privó de sus facetas. Y, también, de momentos.
En la última década Fito Páez nos ha mostrado frente y perfiles con rasgos muy diferentes en, al menos, ocho discos. Hay conceptuales (escritos a modo de ópera rock), hay producciones instrumentales, hay álbumes de largo aliento y otros más concisos y directos, como La conquista del Espacio. Si aquel trajo letras que iba al hueso sin contemplaciones, que exponían realidad y buscaban resurrecciones (“Resucitar” es uno de los temas, ese del video protagonizado por Sofía Gala), Shine, tiene algo de eso. Porque, así como la vida es cíclica, la producción musical de artistas de vasto catálogo, también. A veces porque se vuelve de manera casi inconsciente sobre ciertos tópicos, a veces porque es la realidad misma que lo demanda.
Dicho todo esto (o luego de haber escrito todo esto), quien firma estas líneas ensayando una hipótesis se entera de que Fito Páez publicó un cortometraje a propósito de la salida de su nuevo álbum donde aparecen varios “Fitos” (tres) que dialogan o, más bien, interpelan al Fito del presente. En ese relato aparecen todas esas voces y un punto de partida que es un accidente doméstico que se plantea exacerbado como piedra basal de este Shine. Las facetas de Páez no abren un abanico del tiempo presente sino un acumulado de su historia.
De frente o de perfil (que cada uno elija y lo vea como prefiera) el Fito de Shine no es del “furioso pétalo de sal” (solo por nombrar una frase del disco más exitoso de su carrera); quizá, esté más cerca de sus discos más explícitos.
La suerte de haber sobrevivido, la construcción artística de un renacimiento. Nada es literal, pero hay un punto de partida, un tropezón que fue caída, dolor, internación y recuperación convertido en excusa perfecta para ponerle rec a un nuevo álbum que es el que acaba de estrenar.
“Shine”, la canción que da título al álbum, fue anticipada un par de semanas antes. Es la que comienza con la estética de una cappella Circo Beat, pero con otro contenido. Dice, en clave agogó : “Hay que correr a estos fachos a patadas sino nadie podrá ser feliz. El mundo fue y será una porquería, Discépolo y su puta verdad”. Habrá allí una rebeldía que suena más rockera que de posición política. Y Fito la larga sin filtro. ¿Por qué? Veamos esto que sigue: “Escápate de la casa de mamá y papá. Escápate, el barrio no es para ti. Querían que trabaje (imagínate). Y que me vuelva gris. Yo nunca tuve miedo. Ellos tienen miedo de mí”. Eso es el rock de los setenta. Ni más ni menos. El que buscaba libertad sin consigna partidaria.
Shine (el disco) trae trece tracks integrados por diez canciones y tres pistas instrumentales de piano solo (preludio, interludio y final). Pero no están allí para marcar o separar momentos ya que no es un viaje con principio y fin sino una colección de piezas muy independientes entre sí. Y si bien es cierto que puede haber conexiones entre varias (por estilo musical, por el mensaje que envían, por los giros personales del autor) cada una tiene su propio universo. Al mismo tiempo, cada una es parte de un ecosistema armado entorno a un compositor que deja allí su huella: sus críticas, sus reparos frente a las redes sociales y la alienación, sus esperanzas, puestas en mirar hacia adelante, luego de pagar el precio de algunas costillas rotas.
“Girl-T Rex” es una “maneater” pero al estilo Prince. “Nuestro templo” sonríe reggae con optimismo. “Prueba de amor” es la caprichosa versión de un clásico shapespeariano. “La esquina del sol” es un Fito de todos los tiempos, con sus bajos en figuras negras. Con “Río místico” se vuelve un kravitz noventoso, absolutamente introspectivo. “Fuerzas armadas del amor” es rocanrol al mejor estilo Páez, para escuchar en el auto a buena velocidad. Es una de las canciones más declamativas del disco, luminosa y crítica al mismo tiempo, donde se autoanaliza y pone toda su vida al pie de una escalera de madera por la que rodó, hace no mucho tiempo. “El honor de los lobos” suena a síntesis del porqué de este disco en su aquí y ahora. Y tiene una frase curiosa (en realidad, una palabra final bastante llamativa): “El honor de los lobos, que siguen de pie, más bellos, más altivos, más solos”.
Más allá de qué tantos filtros deban o no ponerse en la depuración artística (de ahí que algunos músicos publican un disco por año y otros uno por década), Shine puede leerse como el ejercicio vital de alguien que a los 63 y con más de cuarenta de trayectoria, no abandona ni negocia la pulsión creativa y de exponerse.

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