De boomers a centennials en Lollapalooza 2026: cómo el festival une generaciones a través de la música
En la undécima edición, familias, adolescentes y adultos confluyen en el Hipódromo de San Isidro para compartir conciertos, experiencias interactivas y un repertorio que atraviesa décadas. El análisis de un experto a Infobae y los resultados de un estudio
El festival Lollapalooza, que inició su recorrido global en 1991 como la despedida de Perry Farrell de Jane’s Addiction en Phoenix, Arizona, consolida en 2026 su undécima edición en la Argentina. Así, reafirma su propuesta como un evento intergeneracional.
Esta dinámica se visualiza en el cruce de propuestas, donde adultos formados en el grunge y el pop de los años noventa se encuentran con la oportunidad de explorar nuevos sonidos, al tiempo que adolescentes acceden al repertorio y la energía de bandas consagradas. En palabras de Wainstein, la escena actual es menos “de tribu” y más mezclada, “donde distintas edades comparten un mismo ritual colectivo”.
Más allá de la música, el festival cumple una función social relevante. Wainstein dijo que en un contexto de fragmentación política y económica, la importancia de estos eventos radica en que “crean un espacio de convivencia relativamente igualitario donde miles de personas comparten música, cuerpo y emoción colectiva. Son pequeñas ‘islas de sincronía social’ que neutralizan la sensación de ‘vida en el metro cuadrado’ propia de la fragmentación cotidiana”.
Este efecto de encuentro, sostuvo, facilita la creación de lenguajes comunes entre generaciones, habilitando que los padres conozcan artistas nuevos y que los jóvenes accedan a músicas, códigos y lenguajes previos. En este diálogo se forja una matriz de intercambio cultural que trasciende la experiencia musical y repercute en la interacción generacional más allá del festival.
El evento congrega a personas de distintas generaciones: desde niños de la generación Alfa (0 a 15 años), pasando por padres millennials —nacidos entre 1981 y 1996—, hermanos centennials —nacidos entre 1995 y 2009—, hasta abuelos boomers —nacidos entre 1945 y 1964—. Este encuentro facilita que los mayores transmitan a los más jóvenes el legado de bandas reconocidas, mientras que las nuevas tendencias musicales también inciden en los gustos de los adultos, promoviendo así una identidad musical colectiva donde confluyen experiencias diversas.
Uno de los elementos estudiados por Wainstein se vincula a la relación entre asistencia física al festival y pertenencia digital. Tal como sostuvo a Infobae, “las redes sociales no reemplazaron la música en vivo; en realidad la amplificaron. Los jóvenes llegan al festival ya conectados con comunidades online que comparten artistas, playlists o memes. Cuando finalmente ven a esos músicos en vivo, la experiencia tiene un efecto ‘empírico’ de materialización de una comunidad virtual”. El festival, así, se convierte en el punto de encuentro físico que valida y resignifica la pertenencia digital, en un contexto donde lo interpersonal carece de garantías de estabilidad.

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