04:37La ley Sáenz Peña: el objetivo de terminar con el fraude electoral, el diputado que fue clave y el vaticinio de Yrigoyen
El voto universal, secreto y obligatorio fue aprobado hace 114 años. Cuáles fueron las motivaciones del oficialismo de ese momento. Y los cambios políticos que permitieron la llegada al poder del radicalismo
Roque Sáenz Peña era un conservador aristócrata de pura cepa, que a los 59 años había llegado a la presidencia gracias al fraude pero que se había propuesto terminarlo. Por cuestiones de salud, vivió en la Casa Rosada, donde hacía vestir a sus ordenanzas con un uniforme de los tiempos del rey Luis XIV. Rápidamente la calle apodó a este consumado gourmet y experimentado catador de vinos como Roque I. En 1887 se había casado con la mendocina Rosa Isidora González, siete años menor, que siendo primera dama tenía la costumbre de viajar en tranvía como una más.
Hasta 1863 no existía un padrón elaborado previamente, sino que antes del comienzo de la elección, se organizaba la lista de votantes. Para ello, debían acreditar domicilio en esa parroquia y estar inscripto en la Guardia Nacional. Solo votaba entre el 2 y el 3% de la lista y casi siempre todo terminaba en forma violenta, ya que cada club político armaba su fuerza de choque con peones, carreros, desocupados y estudiantes que se iniciaban en política.
En esas instancias, se repetía el siguiente diálogo: “Vengo a decirles que me llamo Gómez pero en la papeleta me pusieron Pérez; ¿Por quién va a votar usted? Por el candidato oficialista. Ah, entonces no importa”.
Se votaba en los atrios de las iglesias, en los frentes de los juzgados de paz o en dependencias municipales. En esas elecciones la constante era la unanimidad de los sufragios del partido gobernante. Se formaban grupos que votaban de parroquia en parroquia. Lo mismo se repetía en el campo. También había individuos que votaban más de una vez en el mismo lugar.
La gente que se anotaba en distintos registros y el voto de los muertos eran prácticas comunes usadas por los candidatos para imponerse. Tampoco era extraño que al final del comicio el número de votantes en una mesa superase al registro. Y si la elección venía adversa al partido de turno, de pronto aparecían con una urna nueva y la original desaparecía. Hay cientos de anécdotas, como el episodio ocurrido en la parroquia de San Bernardo. Allí, votaron 200 personas pero el recuento dio 1500 votos para el oficialismo.
Luego del recuento de votos y del número de votantes y asentar los datos en un acta, se proclamaba a viva voz el nombre del ganador. Los resultados se enviaban a la legislatura. Hubo casos que, ante una sorpresiva victoria opositora, en la misma legislatura se cambiaba el nombre del ganador por el que debía haber triunfado.

Los comentarios están cerrados.