La asignación de capital tenderá a concentrarse, titubear y alinearse políticamente en contextos de incertidumbre

Los inversores actúan en un entorno donde la incertidumbre ha aumentado y las señales necesarias para interpretar la intención de las políticas resultan más difíciles de descifrar

Comienza la temporada de “Perspectivas”, y la mayoría de los informes globales enumerarán una lista cada vez mayor de riesgos: aranceles y disrupciones comerciales; geopolítica, guerras abiertas y el riesgo de nuevas; disrupción tecnológica y burbujas de activos; choques climáticos; presiones de deuda y fiscales. Ninguno de estos factores es novedoso. Los mercados los reconocen, los responsables de política los discuten abiertamente y los inversores los incorporan a los escenarios que guían la asignación de activos.

Gran parte del debate público sobre la inteligencia artificial sigue atrapado entre dos enfoques conocidos: el de la productividad y la velocidad de adopción, por un lado, y el debate sobre si hay o no una burbuja, por el otro. Estas conversaciones no carecen de importancia, pero pasan por alto un cambio de mayor trascendencia. Las comparaciones con Internet o la era puntocom resultan cada vez más limitadas desde una perspectiva macroeconómica y de políticas públicas.

La inteligencia artificial representa un motor de reasignación a escala de revolución industrial, que está transformando la manera en que el capital, el trabajo y la estabilidad social y política evolucionarán en los próximos años. El rasgo definitorio para muchas economías será su capacidad para absorber el impacto transformador de la IA en los medios de producción, el capital y el trabajo, así como su efecto distributivo en la sociedad, los ingresos laborales y los retornos de la inversión de capital.

Esa capacidad varía notablemente entre países, y la asimetría en la adaptación se convierte en un rasgo definitorio de la economía global y la asignación de activos. La inversión en IA requiere mucho capital, depende de la energía y se concentra en las etapas iniciales, mientras que los costos económicos se distribuyen ampliamente y las ganancias tienden a concentrarse. Esto ayuda a explicar por qué la fuerte inversión inicial se refleja en un crecimiento destacado del PIB, aunque el empleo quede rezagado, abriendo una brecha creciente entre dónde se despliega el capital y dónde se absorben los costos económicos y sociales.

Para los Estados, esta distinción es más relevante que las proyecciones de crecimiento agregado. Un crecimiento sólido puede coexistir con una fragilidad creciente si los costos de ajuste se postergan o se distribuyen de forma desigual. La pregunta clave es qué economías pueden absorber grandes disrupciones distributivas sin desestabilizar su equilibrio político y social.

Cuando los retornos se concentran mientras el ajuste se manifiesta mediante la disrupción laboral y los costos sociales, el crecimiento se vuelve frágil y aumenta el riesgo de cambios abruptos en las políticas. El crecimiento del consumo y el margen fiscal pueden disminuir aunque la producción muestre resiliencia. Desde la perspectiva de la inversión, un crecimiento acelerado basado en la rápida adopción puede ser transitorio en entornos donde la cohesión social y política se debilita, mientras que las economías capaces de tolerar la disrupción sin perder coherencia se consolidan como destinos más duraderos para el capital a largo plazo.

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