05:07La gran transferencia global: una herencia que llega tarde, se concentra arriba y amplía la desigualdad

Entre 80 y 124 billones de dólares cambiarán de manos en las próximas décadas, pero el dinero se transfiere fuera de tiempo, se convierte en renta financiera en la cima y deja de funcionar como motor de movilidad social para amplios sectores de la clase media

La escritura se firma un martes a la mañana. En una mesa larga, tres hermanos miran un plano que ya conocen de memoria: la casa familiar. No discuten recuerdos ni afectos. Discuten números. Ninguno puede comprar la parte del otro. Venderla tampoco es sencillo. La herencia, que durante décadas fue sinónimo de punto de partida, aparece ahora como un problema de reparto. No cambia la vida de nadie. Apenas ordena lo que ya estaba.

Ese ciclo se rompió apenas iniciado el siglo XXI, en Latinoamérica y en el mundo entero. Hoy, una parte creciente de los hijos adultos de esa generación vive peor que sus padres en términos patrimoniales. No porque trabaje menos o estudie menos, sino porque el contexto cambió. Accede más tarde —o nunca— a la vivienda, alquila durante décadas y depende de una herencia futura para alcanzar aquello que antes se construía en vida. La promesa de progreso intergeneracional se dio vuelta: ya no se hereda para avanzar, se espera heredar para no caer.

El quiebre tiene dos causas que se superponen. La primera es demográfica: los boomers viven más años, acumulan durante más tiempo y, en consecuencia, dejan su herencia más tarde. La segunda es económica: ese retraso coincide con el pasaje de un capitalismo productivo, donde el patrimonio se invertía, a un capitalismo crecientemente financiero, donde el patrimonio se protege. Desde la crisis de las hipotecas de 2008, la lógica dominante dejó de ser hacer producir el capital para pasar a resguardarlo.

Economistas como Thomas Piketty vienen advirtiendo desde hace más de una década que, cuando el rendimiento del capital supera de manera sistemática al crecimiento de la economía, la desigualdad deja de ser un accidente y se vuelve una estructura. La gran transferencia acelera ese proceso: patrimonios que no se construyen ni se arriesgan se reproducen más rápido que los ingresos del trabajo. La herencia, en ese esquema, deja de ser un mecanismo de movilidad y se convierte en una pieza central de la concentración.

En la cima de la pirámide social, la gran transferencia adopta la forma de renta financiera heredada. Informes recientes muestran un crecimiento sostenido de los llamados billonarios por herencia: fortunas que no nacen de nuevos emprendimientos ni de innovación productiva, sino de la administración de activos ya existentes. La riqueza no circula: se hereda, se multiplica y se vuelve a heredar.

En las clases medias y populares, en cambio, la herencia suele concentrarse en un solo activo, casi siempre la vivienda. Un patrimonio que llega tarde y que, al repartirse entre hermanos, pierde escala y potencia. Más personas reciben algo; ninguna recibe lo suficiente como para cambiar de posición. La herencia funciona como salvavidas, no como motor. No pone en marcha un proyecto: evita el naufragio.

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