03:30“Busco mi identidad”: habló el hombre que asegura ser el hijo no reconocido del millonario conde Zichy Thyssen
Aldo Federico Vega sostiene que es el heredero de una de las mayores fortunas del país: la Justicia autorizó un estudio de ADN en el caso. Su insólita historia marcada por los secretos de la aristocracia
Aldo Federico Vega llegó en micro a Buenos Aires a mediados de esta semana desde Curuzú Cuatiá, provincia de Corrientes, el lugar donde nació en octubre de 1964, donde se crió, formó una familia y vivió toda su vida. Sus diálogos por WhatsApp con este medio lo mostraban un hombre absolutamente convencido. “Soy un Zichy Thyssen”, dijo, una y otra vez, sin margen de duda, sin pronóstico para el error, sin preparación para que los hechos mismos -llegado el caso- lo desmientan.
Federico Augusto murió en agosto de 2014 tras una vida de excesos y caprichos, un hombre dotado de una inteligencia y un sentido del humor superlativos, lábil y tormentoso a la vez, autoritario, irascible. Fue adicto durante años al demerol, un potente opioide de la familia de la morfina y el fentanilo. Terminó desgastado en su interior, con un corazón que pesaba aún más que el de Diego Armando Maradona al momento de su muerte, velado en un funeral escandaloso que terminó con la llegada de la Policía Federal.
Su patrimonio incluyó cientos de miles de hectáreas y cabezas de ganado, campos y propiedades a lo largo de la Argentina, España, Uruguay, Paraguay y la República Dominicana. Tuvo haras de caballos árabes, de los que fue uno de los mejores criadores del mundo, y una flota de aviones privados.
En su mansión de Barrio Parque, Zichy Thyssen -que tuvo seis esposas- atesoró la estatua de una Venus, esculpida en el siglo I° después de Cristo. Sotheby’s la subastó en noviembre de 2021 por 24,5 millones de dólares. Fue el mármol romano más caro de la historia.
Su madre, Anita Thyssen, le cedió sus acciones de la compañía familiar a él y su hermano Claudio en 1989; el paquete valía, según el New York Times, más de mil millones de dólares. La guerra por su sucesión, librada por sus seis hijos reconocidos, sin embargo, estalló muchos años antes de su muerte.
Y en el medio de toda esta historia de lujo desaforado, está Aldo Federico, apodado “Larry”, un empleado estatal y hombre de campo, que no viaja en avión privado, que va con el bolso del mate y vestido con bombachas de campo. La vida y el caos del hombre al que considera su padre, ciertamente, lo atravesaron. Aldo tenía un apodo en Curuzú Cuatiá, cuando era niño: “El Condecito”.

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