Actriz, directora y madraza: el presente sin tiempos libres de Patricia Palmer
Desde su infancia en Mendoza y los años dorados de la TV, hasta su militancia por la adopción de niños mayores, combina pasión artística y coraje personal
El presente y el pasado se rozan y se confunden en la voz de Patricia Palmer, quien atraviesa más de cuarenta años de trayectoria en cine, teatro y televisión como si pudiera andar esos caminos descalza, con sencillez y cierto asombro intacto. En la actualidad, además de su lugar en el programa Siempre a tiempo de Canal de la Ciudad, la actriz mendocina forma parte del elenco de Volvió una noche en El Tinglado Teatro y asume la dirección de Creer y reventar en el Teatro Picadilly.
Ahí, en el Instituto Santa Cecilia, no solo estudió actuación: también pedagogía teatral. “Sí, lo estudié porque también me gustaba enseñar. Ya cuando tenía dieciséis, diecisiete años, me metí ahí en el instituto y pertenecía a esa edad ya a un elenco, que siempre cuento, con el que hicimos un teatro con mucho esfuerzo, un teatrito independiente y lo volaron con una bomba, con un compañero adentro que se había quedado casualmente a dormir en la época de la Triple A.” El grupo se llamaba Taller Nuestro Teatro (TNT) y el director era Carlos Owens. “En esa época estábamos haciendo El avión negro, que era una sátira de la vuelta de Perón”.
Aquella brutalidad alteró el rumbo. La danza fue durante un tiempo su refugio, por temor de sus padres. Pero el teatro sobrevivió: “Siempre mi amor estaba en el teatro. Hice unos años de danza y volví al teatro tres, cuatro años después, con comedias. Todo allá en Mendoza. Y después me vine acá en el año 81″.
El viaje a Buenos Aires fue un salto sin red. El contexto parecía propicio: las ficciones televisivas vivían su mejor momento, pero supo desde el primer día el costo real del sacrificio. “No fue nada fácil porque yo venía de Mendoza sin ningún contacto. Había que empezar a hacer castings, contactarse. Pero de a poquito, como toda mi carrera, siempre fue muy costosa, pero llegar, siempre llegué. Pero nada sencillo.”
La dificultad se multiplica si se considera la maternidad: “Yo ya tenía una nena. Yo tuve una nena a los veintiún años, y no era fácil la situación. Lejos de la familia. Pensemos que no había WhatsApp, no había celular para hablar con mi familia. Tenía que ir a una telefónica, esperar cuatro horas”. Son datos, pero también retratos íntimos de una época. Viajar a Mendoza era casi imposible. La aventura era quedarse y resistir.
La fama llegó, pero de esa, no se hizo fanática. “Mirá, te voy a ser sincera. Yo trabajaba todo el tiempo y no tengo mucha conciencia de cómo fue que empezó a conocerme la gente. Creo que fue de a poco, que lo tomé bastante natural, porque era lógico que si yo salía en la televisión y había tres canales y era lo único que la gente veía, te saludara por la calle. Lo fui tomando bastante normal.” Los pequeños sobresaltos asociados al éxito –el tumulto en la puerta de los teatros de Mar del Plata, el resguardo de los guardaespaldas, el eco de nombres como Beban, Satur– le resultaban incómodos. “A mí no me es cómodo la pérdida del anonimato, nunca me fue cómoda. Yo soy una persona muy simple, vivo simplemente”.

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