05:33Un tour por San Telmo que recorre las raíces negras de Buenos Aires: otra forma de celebrar la afroargentinidad y su historia

La agencia Lunfarda Travel nació con un concepto que no suele ser común entre los negocios de su clase: pensar el turismo como un modo de visibilizar a las comunidades minoritarias que conforman nuestra sociedad, como una manera de construir identidad, como motor de cambio social. Por eso, además de las propuestas más clásicas, ofrece otras que narran los orígenes de estas colectividades, muchas veces tergiversados. En el Día Nacional de la Afroargentinidad, su pasado y presente en este suelo

“No hay personas negras en Argentina”. La afirmación, tan categórica como errada, trascendió y recorrió el tejido social hasta ganarse —¿imponerse?— el lugar del sentido común. Desde fines del siglo XIX, cuando la inmigración europea empezó a llegar al país en oleadas intensas, el relato que dice que “los argentinos venimos de los barcos” —y por tanto somos hijos de la Europa blanca— se repitió incansablemente desde los discursos fundacionales de la nación hasta la actualidad y logró encarnarse en la cultura, en la educación, en el imaginario nacional.

Julia es la guía del afro tour, una propuesta que se hunde en las raíces de la comunidad afrodescendiente en Buenos Aires, y cuenta que el recorrido concluye con una síntesis que intenta comprender —ambicioso desafío— por qué Argentina es cómo es.

San Telmo: el barrio del tambor<b> </b>

—Ahí traigo esto de que si las personas negras fueron dejadas a su suerte y por lo tanto quedaron más vulnerables durante la epidemia de la fiebre amarilla, entonces sí han muerto bastantes ahí, aunque no fue el mayor grupo de afectados (una compañera me dijo que estuvo investigando y que murieron más italianos). Pero algo para mí muy clave, que siempre digo, es que cuando vinieron seis millones de europeos nuestro país tenía un total de dos millones de habitantes. Entonces es medio una matemática simple. Y después, el hecho de que murieron en las guerras como carne de cañón también es una realidad. Pero justo ayer estaba haciendo un tour y dije: “Qué loco: cuando pensamos en las guerras de la independencia no imaginamos a personas negras luchando, pero después se repite que murieron ahí porque, claro, los mandaron a la guerra”. Es como una gran contradicción.

Es miércoles 5 de noviembre y San Telmo late otro pulso. No está atestado de turistas ni se escucha el tango en la Plaza Dorrego, no hay que esquivar el amontonamiento de la feria ni hacer filas en ningún restaurante. El tráfico infinito que hay que superar para atravesar la ciudad parece esfumarse y dar paso a una armonía inquebrantable una vez en sus pasajes. Los faroles que acompañan las calles de adoquín, como anunciando el barrio postal, descansan bajo un cielo purísimo. Las veredas se ofrecen al sol, dejándose entibiar en la mañana fresca de primavera.

A contramano de lo que sucede en otros barrios, aquellos de moles de hormigón que tapan el sol, tubos fluorescentes y oficinas que se ahogan en una vorágine infernal de computadoras y papeles, San Telmo amanece ajeno al ritmo frenético de la ciudad. Se asoma a la mañana porteña con una calma imperturbable. Como si ese fuera su tiempo para reponerse y prepararse para su propia vorágine, su propio show: el fin de semana, cuando las oficinas duerman, San Telmo se encenderá.

Pero hoy no. Esta mañana de miércoles el barrio parece volver a ser solo de sus vecinos. Y de quienes lo recorren en su labor cotidiana. Como Mariana, como Julia. En medio de esa tranquilidad prístina, en el centro mismo de este punto que es paseo obligado, corazón del turismo propio y ajeno, en una casa antiquísima como San Telmo, con esa belleza que ostentan las paredes que acumulan y cuidan la historia, detrás de una vidriera con fileteado porteño, otro sello distintivo del vecindario, se levanta Lunfarda Travel.

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