00:01Más allá del baile y la purpurina, el amor: historias de madres, padres, hijos e hijas trans en la Marcha del Orgullo

Decenas de miles participaron de una nueva celebración de la comunidad LGBTQ en Buenos Aires. “¡Frente al odio y la violencia, más orgullo y unidad!“, fue el lema de esta edición

Tomás lleva puesta una gorra que llama la atención. Es celeste y tiene bordado Make Argentina Gay Again en el frente. “Hagamos gay otra vez a la Argentina”. Una broma basada en la frase de Trump. Tomás es pequeño, tiene la cabeza rapada, pecas y una mirada que brilla como el sol en el agua. Sonríe. Está como esposada a Fede. “Es que si no me pierdo, de verdad, entre tanta gente”, ríe.

Sobre el cielo de esta zona fundacional de la argentinidad retumba una cumbia que hace bailar a las miles y miles de personas. Es una tarde pagana. Hay baile. Hay fiesta. Hay purpurina y gente en poca ropa y hay alcohol y humo de marihuana y “quien sabe algo más”, como bromeó Torres entre temas, y pieles que se rozan cada vez más transpiradas. Hay gente vestida y desvestida. Nadie juzga a nadie. Se parece bastante al mundo ideal. Tal vez justamente por eso dure apenas unas horas.

Mientras tanto, en este carnaval almodovariano no hay más ley que la ley del deseo. Aunque a la par de la multitud bailarina, transitan mínimas historias de familias que forman parte del colectivo LGTBQ, de esta celebración de igualdad, libertad y diversidad. Adultos que tuvieron que readaptarse a partir de la libertad de elegir de sus hijos.

“Nos costó comprenderlo, clasificarlo, llegar a entender cómo era la vida de Fede. Me tuve que preparar, leer, aprendí de la ESI y de la ley Micaela. Nos sirvió mucho escuchar referentes de los movimientos, lo único que teníamos claro desde el principio es que había que acompañar y respetar”, cuenta Oscar, el papá de Fede, que elige el silencio y la sonrisa. “Él se empezó a manifestar desde muy chiquito con la ropa, con sus expresiones y fuimos entendiendo cómo era su vida”, agrega el papá. Es la tercera vez que trae a los chicos pero no sólo por eso: “Si no viniera con él igual vendría. Yo soy hétero, tradicional, pero es una fiesta hermosa”.

“A los 9 entendí que quería ser un chico y a los 11 ó 12 me enteré de la terminología ‘trans’. Un amigo me dijo que él era trans, que ya no se llamaba como antes. Y ahí entendí”, cuenta Tomás.

Media cuadra sobre Diagonal Sur, sentada junto a su amigo Marcelo, Cecilia Zanette toma mate, come facturas y observa divertida lo que ella llama “las tribus” que van y vienen por las calles, que bailan en grupo, que se sacan selfies.

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