Maxim Vengerov y Polina Osetinskaya realizaron una brillate e inolvidable presentación en el Teatro Colón

Recital de Maxim Vengerov, violín, y Polina Osetinskaya, piano. Programa: Schubert: Sonata para violín y piano en sol menor, D.408; Shostakovich: Sonata para violín y piano, op.134; Brahms: Sonata para violín y piano Nº3, op.108. Ciclo Aura. Teatro Colón. Nuestra opinión: excelente.

En un arte admirado y valorado desde la más plena subjetividad y con una construcción discursiva cuyos parámetros son imposibles de ser parangonados, es ridículo plantear —y, menos aún, poder demostrar— quién es el mejor violinista del mundo. Con todo, parece plausible pensar que Maxim Vengerova podría ser quien encabezara esa hipotética competencia. Después de haberlo visto ayer, en la apertura del ciclo Aura 2026, la admiración emergió irrefrenable e inapelable ante su dominio técnico, ante su extremada versatilidad para saber cómo aproximarse y exponer lo mejor de obras de diferentes tiempos y estilos, ante sus infinitas capacidades expresivas y por la sabia facultad para armar un repertorio variado, desafiante y coherente.

Pero de un dúo de cámara estamos hablando y, por lo tanto, es menester entender que Vengerov, con toda su historia, sus talentos, su atracción y su renombre, es, exactamente, la mitad del plantel. En este sentido, habrá que convenir que, a sus múltiples aptitudes, también sabe a quién elegir para aventurarse en caminos tan dificultosos como es el de las tres sonatas que eligió para este programa. Polina Osetinskaya es una pianista consumada que, en paralelo a su carrera solística, demostró ser, además, una gran pianista de cámara que puede aliarse en pie de igualdad a Vengerov para construir un recital estupendo.

Con indudables objetivos de poder dar continuidad al concierto, Vengerov decidió transitar por tres sonatas, de distintos tiempos, distintos compositores y, esencialmente, distintas construcciones y estilos. La primera de ellas fue la Sonata D.408, de Schubert, escrita en 1816, cuando Franz tenía diecinueve años y no era sino un más que pródigo compositor del clasicismo vienés, con indudables influencias beethovenianas, pero cuyas impulsividades románticas aún no habían aparecido dentro de su música instrumental. A lo largo de sus cuatro movimientos, Vengerov y Osetinskaya, con recatos expresivos, detalles elegantes, ocasionales exabruptos necesarios y un ajuste estricto ofrecieron una interpretación diligente, atractiva e insuperable de una sonata inicial poética e incluso algo inocente en comparación con lo que habría luego de sobrevenir.

Maxim Vengerov junto a la pianista Polina Osetinskaya en la apertura del ciclo Aura 2026 realizado en el Teatro ColónJuanjo Bruzza/Teatro Colón

Sin retirarse del escenario para volver a entrar luego de los aplausos, indudablemente para denotar la continuidad programática deseada, Maxim y Polina se aprestaron a seguir con la aventura. Con todo, como si estuviera en el living de su casa en una función con amigos, Vengerov, que había tocado Schubert de memoria y ahora había recurrido a un atril con partitura electrónica para la obra de Shostakovich, palpó sus bolsillos y, pidiendo disculpas, se retiró explicando que se había olvidado sus anteojos. Violín en mano, marchó a los vestuarios. Sobre el escenario, por algunos segundos, sólo se vio a Osetinskaya, sonriente, esperando sentada en su banqueta. De buen humor, a su regreso, Maxim explicó que esto pasa cuando ya se tienen más de cincuenta. Y a continuación, ofrecieron una interpretación insuperable y contundente de la Sonata para violín y piano, op.134 de Shostakovich.

Esta sonata, dedicada a David Oistrach, es una obra del período final de Shostakovich y está estructurada, muy libremente, en tres movimientos, los dos externos lentos, muy diferentes el uno del otro, y un “Allegro furioso” central salvaje, rústico, potente y trágico. Desde el mismo comienzo, queda claro que, lejos del dolor y el dramatismo más estructurados de los últimos cuartetos, Shostakovich se interna aquí en un territorio armónico y formalmente mucho más inestable. Ahí están una clara inasibilidad armónica -el comienzo es una serie dodecafónica ascendente-, la imprevisibilidad que deviene de la ausencia de centros tonales y de la libertad rítmica y métrica y el extraño entrelazamiento textural entre ambos instrumentos. Lejos de las rigideces y límites planteados por el realismo socialista, en 1968, Shostakovich se permitió sonoridades, indagaciones y planteos tan vanguardistas como poderosos. La gran sorpresa final, en el último movimiento, es la aparición de dos cadencias sucesivas dentro de una sonata, la primera para el piano, la segunda para el violín. A lo largo de unos treinta minutos, esta sonata funciona como un diálogo que expone una experiencia emocional intensa, cambiante y ambigua en la que aparecen, imprevisibles, sensaciones de desolación, de tragedia, de vacío, de amarguras, de violencia, de dolor y hasta de alguna fragilidad.

Vengerov y Osetinskaya, con una interpretación extraordinaria, extrajeron todos los misterios que laten dentro de la partitura, interactuando impecablemente. Difícil imaginar una realización más profunda y vital que la que tuvo lugar en el Colón. Una mención especial para ambos por la intensidad, la perfección técnica y la potencia expresiva con la que le dieron vida a ambas cadencias.

Para traer las pasiones románticas al recital, hasta ese momento ausentes, en la segunda parte, Vengerov y Osetinskaya, con todas las perfecciones técnicas y las solturas expresivas, ofrecieron una interpretación pasional y exuberante de la última de las tres sonatas para violín y piano de Brahms. Hubo dramas, poesía, pasajes lúdicos y una vigorosa sensación de libertad en el hacer de estos dos enormísimos músicos.

Y en el final, con cuatro piezas fuera de programa, Vengerov asumió el rol de solista virtuoso y Osetinskaya, la del “mero” pianista acompañante. Sucesivamente, a pura sonrisa y virtuosismo, Maxim se lució con Danza húngara Nº17, de Brahms, la Melodía op.42, Nº3, de Chaikovsky, la “Marcha” de la ópera El amor por tres naranjas, de Prokofiev y Marche miniature viennoise, de Fritz Kreisler. Los aplausos y las ovaciones siguieron un poco más, pero Polina y Maxim, este ya sin el violín en la mano, salieron por última vez para despedirse muy cálidamente del público. La fiesta y la felicidad habían terminado.


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