Robert Plant en el Gran Rex: el increíble show de un artista que se niega a vivir del pasado
Robert Plant Saving Grace with Suzi Dian. Integrantes: Robert Plant (voz, armónica), Suzi Dian (voz, acordeón, bajo), Tony Kelsey (guitarra, laud), Matt Worley (guitarra, banjo), Barney Morse-Brown (cello), Oli Jefferson (batería, percusión). Duración: 90 minutos. Nuestra opinión: excelente.
En tiempos donde la nostalgia está a la orden del día y es la vía de acceso al rédito fácil, casos como los de Robert Plant merecen todo el reconocimiento que sea posible. En un estado vocal y físico envidiable para los 77 años que lleva a cuestas, hubiera sido muy fácil para el excantante de Led Zeppelin convocar a un elenco de sesionistas aplicados y salir a girar por el mundo con los grandes éxitos de la banda con la que conoció la fama. Lejos de eso, en su cuarta visita a la Argentina demostró que lo suyo es una búsqueda inagotable que esquiva la nostalgia y apuesta por alimentar y fomentar las curiosidades artísticas a una edad en la que varios de sus colegas que siguen en carrera prefieren la tranquilidad del piloto automático.
En su cuarta visita a la Argentina (o quinta, si se incluye en la lista su paso junto a Jimmy Page en 1996), Plant llegó acompañado por Saving Grace, la tercera banda que ha tenido como apoyo en la última década y media. Cada una de ellas tuvo no solo un elenco distinto, sino también una búsqueda musical específica, y todas fueron y son el reflejo de un músico que le escapa al aburrimiento y que es capaz de saltar del blues a la música de Oriente, para luego bucear en la música folk y regresar al rock una vez de nuevo en la superficie.
Saving Grace es la banda que lo acompaña desde hace ya siete años, con la que grabó un disco homónimo en 2025, y a la que siente no como músicos de apoyo, sino como compañeros. De ahí que, al momento de presentar a la banda, se refiera a que “somos” Saving Grace (y no “ellos son”), con su contraparte femenina, la vocalista Suzi Dian, compartiendo protagonismo con su nombre propio. La salvedad también tiene que ver con que el aporte de cada uno de ellos es vital en el resultado final: Barney Morse-Brown es capaz de sacar de su cello notas graves fuertes como el ronquido de un gigante a armónicos cristalinos que parecen flotar en el aire; Oli Jefferson puede hacer que su batería sea apenas perceptible o un estruendo que se abre paso sin pedir permiso, y Tony Kelsey y Matt Worley juegan a ser alquimistas de las cuerdas, sacando de sus instrumentos sonidos inesperados que ornamentan cada compás.
Tanto el disco como la banda tienen como eje de su repertorio un cancionero ajeno de artistas algo disímiles entre sí (de Gillian Welch a la banda alternativa Low pasando por Neil Young y Los Lobos), con la reinvención como denominador común. Mientras “The Very Day I’m Gone” puso marcha a tono lento, como si fuera la banda de sonido de un fogón en los Apalaches, Plant y Dian entraron en silencio desde cada lateral del escenario hasta ocupar su lugar en el centro del tablado, y el magnetismo fue inmediato. Al tema siguiente, el diálogo entre el cello de Morse-Brown, el laúd de Kelsey y el banjo de Worley le imprimió a “The Cuckoo” una impronta céltica, con ambos vocalistas ahora mirándose fijo a los ojos durante toda la canción, como si la tensión entre esas dos miradas estuviera la clave de esa melodía élfica.
Y a la altura de “Higher Rock”, llegó el cambio de protagonismos, cuando Dian dio un paso al frente para la reinvención de un tema que en su original es un arrullo lento y melancólico, y que en el Gran Rex sonó encendido y vital, elevado con unas intervenciones de armónica a cargo de Plant. Y si hasta ese entonces el show había tenido como eje el cancionero ajeno, el vocalista se permitió echar mano por primera vez en la noche a su pasado con una versión de “Ramble On” que comenzó discreta y que al momento del estribillo reemplazó los chispazos eléctricos de la guitarra de Jimmy Page por el bramido del acordeón de Dian como prueba de que es posible alcanzar mismos niveles de intensidad usando un tipo de energía distinta.
Después de otra ronda de aires mitológicos, Dian volvió a ser el centro de atención para “Orphan Girl”, de la cantautora Gillan Welch, en un contrapunto entre una letra desgarradora y el preciosismo melódico de todos los actores en juego, un aire similar al que se viviría más adelante con “It’s a Beautiful Day Today”, de Moby Grape, presentada por Plant como una de las canciones que más lo marcaron en sus años iniciáticos como cantante. Entre una y otra, el crescendo tribal de “Friends”, de Led Zeppelin, donde la banda parecía perseguir la canción dentro de una espiral, una sensación similar a la que se vivió con “Callin’ to You”, del propio Plant, que se movió como un riff pantanoso aprisionado en una cinta de Moebius.
A su manera, y por más que gran parte del repertorio sea de los últimos 50 años, la intención que parece manejar Plant con Saving Grace es la de rendir tradición a las herencias musicales, de ahí que cada tema sea la excusa para llevar la canción de paseo por ritmos folclóricos de la geografía profunda estadounidense y también de la británica. Algo de eso deslizó él mismo al momento de interpretar “Angel Dance”, de Los Lobos, de quienes elogió su respeto por el legado y lo ancestral. Y si de enriquecer experiencias se trata, ahí estuvo la vigorización de “For the Turnstiles”, de Neil Young, apenas un boceto de guitarra y voz que en vivo tuvo a la banda en plena enjundia, con espacio para un solo de cello hipnotizante que tuvo al propio Plant entre los más sorprendidos (“¡Aleluya!”, exclamó fascinado al final de la canción).
Después de haberse permitido jugar con la obra ajena, Plant se permitió en el Gran Rex una concesión con su público porteño, cuando la batería sincopada de Jefferson anunció el comienzo de “Rock and Roll”, el himno guitarrero de Led Zeppelin que el vocalista interpretó por primera vez en ocho años, para dejar al público en llamas justo antes de retirarse del escenario para los bises. Al regresar, una versión fiel de “Going to California”, otra luminaria zeppeliniana, parecía mostrar los cimientos sobre los que está construida la búsqueda de su presente musical. Para el tema, Plant fue acompañado solo por instrumentos de cuerda, con Dian y Jefferson sentados en sus lugares mientras contemplaban la escena sin poder esconder su admiración.
“Ahora van a tener que escuchar esta canción”, dijo Plant fingiendo un despotismo que iba de la mano de la calidez de la que había hecho gala toda la noche. Lo que siguió fue el cierre con “Everybody’s Song”, la enésima prueba de lo inagotable de su búsqueda: lo que en el original es una canción rústica que se mueve entre acoples y capas de distorsión, sobre el escenario del Gran Rex fue un crescendo en ascenso constante, como un flamenco interpretado por músicos del bayou. Plant y Dian parecían avanzar por senderos opuestos, hasta que finalmente se cruzaron y, una vez que lo hicieron, las luces se fundieron a negro, como si de ese encuentro hubiera dependido la alimentación eléctrica de la sala. 90 minutos después del comienzo, una de las leyendas vivas más destacadas de la historia del rock se retiró del escenario como lo que verdaderamente es: alguien que se mantiene en movimiento constante para no perder la atracción por lo que ama.

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