Julio Bocca mostró las cicatrices de una vida dedicada a la danza: “Uno elige el sacrificio para bailar”

En diálogo con Mario Pergolini, el prestigioso artista repasó su carrera, cuestionó mitos sobre el maltrato en el ballet y relató las múltiples lesiones sufridas

En el estudio, sólo se advertía el murmullo suave de los panelistas de fondo, y en el centro, la figura erguida y serena de Julio Bocca. El bailarín argentino, leyenda viviente, fue el invitado especial de este jueves en Otro día perdido, el ciclo conducido por Mario Pergolini. La conversación prometía recorrer su vida y, sobre todo, sumergirse en los vericuetos de la exigencia que impone el ballet. Y no decepcionó: Bocca desnudó, con palabras y cicatrices, lo que significa someter el cuerpo al arte y la disciplina.

Pero la exigencia también deja otras marcas. Allí, entre bromas y recuerdos, Bocca mencionó a su maestro de veintiún años, un “alemán”, una presencia estricta e inolvidable. “Era un maestro que me ponía en estado, que yo salía confiado y podía bailar tres horas. Tenía una resistencia. Disfrutaba lo que estaba haciendo”. Disfrutar en medio de la presión: ¿no es acaso eso el arte de la supervivencia en la danza? Pero Bocca fue claro: “Nunca fue así de maltrato. Sé que hubo otros y había que cambiar eso. Y ahora, ya es como que nos vamos para el otro lado”. ¿Se puede corregir sin exigir? ¿Cómo se señala una falla sin traspasar un límite que, en estos tiempos, parece moverse sin cesar?

Las palabras se volvieron más densas cuando la conversación giró hacia el precio físico, las huellas indelebles de una carrera extraordinaria. Pergolini preguntó: “¿Se puede decir que tuviste la suerte de que tu físico te acompañó durante mucho tiempo o sufriste un poco? Lesiones, no recuerdo así fuerte que hayas tenido”. Y la historia de las cicatrices emergió. “Sí, lesiones tuve varias. La primera operación fue en el 86… se me rompió, se me fisuró el menisco en una de las caídas de los saltos y en esa época no estaba la resonancia magnética”. La descripción fue quirúrgica, cruda, sin anestesia: “Me hicieron un estudio, la aguja estaba sucia y me infectaron la articulación”.

“Y yo como un boludo diciendo: ‘Estuviste bien toda la vida, ¿no?’”, añadió entre risas, porque la vida del bailarín es también resistencia y humor en la adversidad. Las rodillas de Bocca quedaron marcadas, las comparaciones con las de futbolistas como Gabriel Batistuta surgieron y el listado de intervenciones médicas resultó imposible de omitir: “Tuve cuatro acá, una acá, los dos ligamentos del pie, los tres de este lado, costilla y los dos dedos”. Un inventario frío para una vida abrazada al movimiento, mientras la cámara recorría sus piernas.

Agustín Rada preguntó, intrigado: “¿Los dedos también se te quebraron?” Bocca explicó cómo la resina de una bailarina y un giro inesperado torcieron y apretaron más de lo debido. “¿Seguiste bailando?” — interrogó Pergolini, casi incrédulo. “Y si estás en función, sí”, confesó el bailarín. Cinta en la pausa, dolor debajo del vestuario y el show debe continuar.

Mientras la charla avanzaba, las risas de Laila Roth y los comentarios de los panelistas dotaron de humanidad un testimonio ineludible. Porque si algo queda claro después de escuchar a Julio Bocca es que, detrás del mito, hay un hombre marcado por la pasión, la exigencia y las cicatrices; marcas visibles y profundas, de esas que solo deja el esfuerzo que elige el artista

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