{"id":12545,"date":"2023-11-18T13:04:19","date_gmt":"2023-11-18T16:04:19","guid":{"rendered":"https:\/\/maxradio923.com\/index.php\/2023\/11\/18\/mundos-intimos-mi-abuela-me-enseno-que-el-olvido-es-una-amenaza-ella-lo-suplio-anotando-todo-en-unos-cuadernos-que-conservo\/"},"modified":"2023-11-18T13:04:19","modified_gmt":"2023-11-18T16:04:19","slug":"mundos-intimos-mi-abuela-me-enseno-que-el-olvido-es-una-amenaza-ella-lo-suplio-anotando-todo-en-unos-cuadernos-que-conservo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/maxradio923.com.ar\/index.php\/2023\/11\/18\/mundos-intimos-mi-abuela-me-enseno-que-el-olvido-es-una-amenaza-ella-lo-suplio-anotando-todo-en-unos-cuadernos-que-conservo\/","title":{"rendered":"Mundos \u00edntimos. Mi abuela me ense\u00f1\u00f3 que el olvido es una amenaza. Ella lo supli\u00f3 anotando todo en unos cuadernos que conservo."},"content":{"rendered":"<p>Mi abuela Esther ley\u00f3 muchos libros. Posiblemente m\u00e1s de los que voy a llegar a leer porque, aunque intento hacerlo todos los d\u00edas, me desconcentro bastante seguido y cada frase me lleva a abrir miles de pesta\u00f1as mentales que nunca termino de cerrar. En cambio, ella le\u00eda r\u00e1pido. Y lo hac\u00eda con mucha precisi\u00f3n, con una mirada juiciosa bien propia de su car\u00e1cter de docente y directora de colegio, exigente pero tambi\u00e9n llena de ternura y humor.<\/p>\n<p>Durante a\u00f1os mantuvo un h\u00e1bito que siempre me llam\u00f3 la atenci\u00f3n: registraba y enumeraba en cuadernos amarillos de tapa dura cada una de sus lecturas. En su biblioteca hab\u00eda decenas de tomos donde anotaba t\u00edtulo, autor y argumento. Renglones y renglones de elogios y criticas justificadas a la trama y a los personajes. <strong>Las \u00faltimas dos columnas de cada hoja las destinaba a comentarios personales y un puntaje final<\/strong>.<\/p>\n<p>Hace unos meses, despu\u00e9s de su muerte, como yo estaba lejos, mi mam\u00e1 me pregunt\u00f3 si quer\u00eda que guardara algo en especial de sus cosas. Le ped\u00ed los cuadernos amarillos. Siempre supe de su existencia y mi abuela me dec\u00eda, una y otra vez, que si en alg\u00fan momento no sab\u00eda qu\u00e9 leer pod\u00eda consultarlos. Pero hasta ese momento nunca lo hab\u00eda hecho. Encontrarme en la actualidad con el contenido de esas p\u00e1ginas, me permiti\u00f3 descubrir una parte de ella que no conoc\u00eda.<\/p>\n<p>Si bien empezaron siendo un espacio para registrar y opinar sobre sus lecturas, con el paso de los a\u00f1os se convirtieron en un diario donde quedaron guardados sus viajes por el pa\u00eds, los eventos familiares, las reuniones con amigas, los recuerdos de la infancia, las charlas con los due\u00f1os del almac\u00e9n de la esquina, las conversaciones con los vecinos. Su mirada sobre la cotidianeidad de la vida, sus pensamientos y sentires sobre el amor, la muerte, la pol\u00edtica, el trabajo y la familia.<\/p>\n<p>Algunas preguntas que quedaron dando vueltas en mi cabeza encontraron respuesta en estos cuadernos. A su vez, me permitieron repensar las certezas que ten\u00eda sobre su personalidad y su car\u00e1cter. Hoy, gracias al encuentro con estos registros de tinta y papel,<strong> puedo conocer una parte de su mundo interno, uno mucho m\u00e1s rico y abundante <\/strong>que el compartido con los dem\u00e1s.<\/p>\n<p>En mis recuerdos como su nieta, nunca intent\u00f3 ni logr\u00f3 acomodarse a los estereotipos cl\u00e1sicos de abuela: cocinaba bastante mal y con pocas ganas, no nos compraba regalos o golosinas, hac\u00eda trampa en todos los juegos de mesa y se le agotaba r\u00e1pido la paciencia con las tareas de matem\u00e1tica. Le gustaba cortar el c\u00e9sped, subirse al techo a podar una enredadera, llevar el auto a arreglar, participar en pol\u00edtica y pasear sola en bicicleta por el pueblo. Si bien no era muy accesible emocionalmente, a su manera \u2014quiero decir, a trav\u00e9s de formas menos convencionales de cari\u00f1o y cuidado\u2014 supo acompa\u00f1ar y estar presente para las personas a las que quer\u00eda.<\/p>\n<p>Durante nuestra infancia, con mis primos y mi hermano le regal\u00e1bamos dibujos o cartas breves de amor que nunca estuvieron colgadas en la heladera como sol\u00eda ver en la casa de abuelos de algunos amigos, ostent\u00e1ndose como trofeos. Mi abuela solo nos dec\u00eda \u201cMacanudo, macanudo, muchas gracias\u201d y pasaba a otra cosa.  Ahora s\u00e9 que esos dibujos no iban al fondo de un caj\u00f3n o a la basura, sino que ella los guardaba entre las p\u00e1ginas de sus cuadernos, como se guardan las flores para que se sequen sin echarse a perder.<\/p>\n<p>Todas las tardes despu\u00e9s del colegio, iba a visitarla a su casa y a merendar. <strong>Sol\u00eda encontrarla en su cama en el medio de la siesta, con un libro abierto, la luz prendida <\/strong>y los anteojos ca\u00eddos sobre la nariz. Cuando la despertaba, ella necesitaba unos minutos para retomar la historia de turno y escribir algunos apuntes. Pas\u00f3 el tiempo y la televisi\u00f3n empez\u00f3 a robarle horas del d\u00eda a la lectura, pero este ritual anal\u00f3gico sigui\u00f3 vigente, resguardado del avance de la tecnolog\u00eda.<\/p>\n<p>En su living ten\u00eda una colecci\u00f3n grande y variada de libros, pero tambi\u00e9n le\u00eda muchos de la biblioteca municipal de Lincoln, donde era conocida y querida por todas las bibliotecarias. A veces devoraba los pr\u00e9stamos con tanta velocidad que al d\u00eda siguiente ya estaba buscando nuevos. En otras ocasiones, los devolv\u00eda tarde y se justificaba diciendo que, si alguien quer\u00eda leerlos, le hac\u00eda un favor al retenerlos porque no val\u00edan la pena.<\/p>\n<p>Aunque nuestros gustos literarios eran notablemente distintos, siempre le recomendaba libros y me agradec\u00eda, sin dar su opini\u00f3n. Hasta hace poco no estaba segura si realmente alguna vez hab\u00eda le\u00eddo mis sugerencias, pero en uno de esos cuadernos encontr\u00e9 esta anotaci\u00f3n: \u201cEs un buen escritor, seg\u00fan dicen. Gan\u00f3 muchos premios y tiene prestigio, pero a m\u00ed me pareci\u00f3 un charlat\u00e1n\u201d, y agrega un poco m\u00e1s abajo (como si supiera que a\u00f1os despu\u00e9s yo iba a leerlo) \u201cigual le tengo cari\u00f1o porque me lo recomend\u00f3 mi nieta\u201d.<\/p>\n<p>Hoy entiendo que la intimidad con sus libros y cuadernos habilitaba para ella un espacio donde desplegar su sensibilidad, que no se manifestaba con tanta libertad afuera. Despu\u00e9s de leer a \u00c1ngeles Mastretta escribe: \u201cEsta autora me hace pensar en el paso del tiempo, en c\u00f3mo las cosas se van terminando o desapareciendo. <strong>La decadencia de los electrodom\u00e9sticos de mi casa me pone mal, todo est\u00e1 m\u00e1s viejo, m\u00e1s roto, m\u00e1s sucio que ayer<\/strong>\u201d.<\/p>\n<p>\u201c\u00bfCu\u00e1ndo fue la \u00faltima vez que lloraste?\u201d pregunta un personaje a otro en un libro. Mi abuela contesta en su cuaderno: \u201cahora\u201d. Yo nunca la vi llorar.<\/p>\n<p>Descubrir esas hojas llenas de opiniones y reflexiones que mutaban y se contradec\u00edan en el tiempo, me permite imaginar conversaciones que quiz\u00e1s por la diferencia generacional, mi timidez y la estrechez de sus palabras, nunca llegaron a existir entre nosotras. La literatura y su efecto en mi abuela, sumado a su decisi\u00f3n de registrarlo y permitirse pensar su d\u00eda a d\u00eda a partir de cada libro, dej\u00f3 un di\u00e1logo abierto que permanece incluso m\u00e1s all\u00e1 de su existencia.<\/p>\n<p>En los \u00faltimos a\u00f1os y de manera progresiva, su vida empez\u00f3 a rebobinarse. Ya no pod\u00eda sostener una conversaci\u00f3n actual con fluidez, pero s\u00ed lograba enumerar el nombre de todos sus alumnos del colegio rural, para despu\u00e9s tambi\u00e9n olvidarlos y confundirlos con sus hermanos o sus propias compa\u00f1eras del instituto pupila en el que vivi\u00f3 durante gran parte de su infancia. Como si toda la informaci\u00f3n que almacenaba empezara a colisionar, como dec\u00eda Borges, en peque\u00f1os instantes de v\u00e9rtigo en los que el pasado y el presente se confund\u00edan. Dej\u00f3 de hacer muchas de las cosas que le gustaban y de estar en contacto con personas que quer\u00eda. Las meriendas en su casa se volvieron m\u00e1s breves y silenciosas. Pasaba la mayor parte de sus d\u00edas en su habitaci\u00f3n leyendo y <strong>las visitas a la biblioteca municipal se volvieron nuestra actividad compartida principal.<\/strong> Antes de ir, ella revisaba sus cuadernos para asegurarse de no tomar prestados por accidente libros que ya hab\u00eda le\u00eddo; o volv\u00eda a sus anotaciones cuando de repente se daba cuenta que ya conoc\u00eda la historia con la que estaba entusiasmada.<\/p>\n<p>A medida que el deterioro cognitivo gan\u00f3 terreno, ya no pod\u00eda leer con la velocidad que lo hac\u00eda y los libros empezaron a formar una monta\u00f1a sobre la mesa de luz. Los d\u00edas de sol, me sentaba abajo de la parra del jard\u00edn a leerle partes de historias que sab\u00eda que alguna vez hab\u00eda disfrutado. Ella me agarraba las manos, sin decir nada, y me miraba con sus ojos cansados, pero todav\u00eda intensos. No me hac\u00eda falta saber qu\u00e9 escuchaba o qu\u00e9 ve\u00eda en m\u00ed, porque durante esos ratos, lo \u00fanico importante era la lectura, que nos serv\u00eda como puente para llegar a la otra. O al menos a m\u00ed para llegar a ella.<\/p>\n<p>En las \u00faltimas p\u00e1ginas de sus cuadernos, cuando todav\u00eda pod\u00eda escribir, dej\u00f3 plasmado an\u00e9cdotas y pensamientos que de alguna manera siento que completan la parte de su historia que qued\u00f3 en silencio con la aparici\u00f3n de los problemas de memoria y su demencia definitiva posterior. Parecen tambi\u00e9n un anticipo al futuro, como si siempre hubiera sabido que no se puede confiar en los recuerdos. Los cuadernos se transformaron en su disco r\u00edgido, en una unidad de almacenamiento externa para reforzar la propia cuando empez\u00f3 a fallar. Entre las hojas <strong>hay papeles m\u00e1s peque\u00f1os con recordatorios, contrase\u00f1as, fotos con los nombres escritos encima de cada familiar<\/strong>, recetas que antes sab\u00eda a la perfecci\u00f3n, pasos a seguir para poner una pel\u00edcula en Netflix, cumplea\u00f1os, n\u00fameros de tel\u00e9fono. Me gusta pensar que contienen algo de mi abuela adentro. Sus anotaciones m\u00e1s recientes, escritas con una letra cada vez m\u00e1s d\u00e9bil, son para m\u00ed un ej\u00e9rcito min\u00fasculo de resistencia a la erosi\u00f3n de su mente, sus soldados desplegando todo el armamento posible por mantener a salvo una parte de ella y de su contacto con los dem\u00e1s.<\/p>\n<p>Los cuadernos son un registro de su paso por este mundo. Leerlos me dio la posibilidad de ver la parte de abajo del iceberg de su vida, una parte que muchos no llegamos a conocer en profundidad. La acompa\u00f1aron y mutaron con ella a lo largo de su juventud, su adultez y su vejez; contienen sus cambios, su singularidad, revelan los permisos que se daba en la privacidad con las palabras. Hay partes que decid\u00ed no leer, me parece justo que algunos secretos queden guardados en esos rect\u00e1ngulos amarillos.<\/p>\n<p>Desde que vivo en Madrid, soy socia de la biblioteca p\u00fablica. Pido libros prestados que vienen con un papel pegado con cinta en la parte de atr\u00e1s y un sello que indica la fecha de devoluci\u00f3n. A veces tambi\u00e9n los retengo, porque no llego a terminarlos o para hacerles un supuesto favor a otros lectores. Compr\u00e9 mis propios cuadernos, donde ahora anoto mis lecturas y las historias escritas por otros que acompa\u00f1an y atraviesan permanentemente mis d\u00edas. Supongo que se transformar\u00e1n tambi\u00e9n en un registro de mi vida. O en un lugar donde plasmar algo m\u00e1s que lo que me permito exteriorizar, aunque no sea extraordinario ni particularmente genial. Mi abuela me ense\u00f1\u00f3, con sus cuadernos, que el olvido es una amenaza poderosa, pero se pueden construir trincheras donde guardar lo que no queremos que se pierda, atesorarlo y cuidarlo del desgaste del tiempo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Mi abuela Esther ley\u00f3 muchos libros. Posiblemente m\u00e1s de los que voy a llegar a leer porque, aunque intento hacerlo todos los d\u00edas, me desconcentro bastante seguido y cada frase me lleva a abrir miles de pesta\u00f1as mentales que nunca termino de cerrar. En cambio, ella le\u00eda r\u00e1pido. Y lo hac\u00eda con mucha precisi\u00f3n, con una mirada juiciosa bien propia de su car\u00e1cter de docente y directora de colegio, exigente pero tambi\u00e9n llena de ternura y humor.<br \/>\nDurante a\u00f1os mantuvo un h\u00e1bito que siempre me llam\u00f3 la atenci\u00f3n: registraba y enumeraba en cuadernos amarillos de tapa dura cada una de sus lecturas. En su biblioteca hab\u00eda decenas de tomos donde anotaba t\u00edtulo, autor y argumento. Renglones y renglones de elogios y criticas justificadas a la trama y a los personajes. Las \u00faltimas dos columnas de cada hoja las destinaba a comentarios personales y un puntaje final.<br \/>\nHace unos meses, despu\u00e9s de su muerte, como yo estaba lejos, mi mam\u00e1 me pregunt\u00f3 si quer\u00eda que guardara algo en especial de sus cosas. 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