Gustavo Santaolalla se presentó anoche en el Teatro Colón con un show inolvidable
“Ronroco Tour”. Presentación de Gustavo Santaolalla (ronroco, charango, guitarras, tubo, percusión, voz). Músicos: Javier Casalla (violín, viola, charango), Barbarita Palacios (teclados, glockenspiel, voz, percusión, guitarra, autoharp), Nicolás Rainone (guitarras, cello, ronroco, voz) y Santiago Carregal (guitarras, ronroco, charango). Sala: Teatro Colón. Nuestra opinión: muy bueno.
La etiqueta del álbum que se grabó y publicó en los Estados Unidos marca 1998 como el año de edición. Aquel Ronroco lo hizo Gustavo Santaolalla prácticamente solo, apenas con la colaboración en vibráfono y melódica de Aníbal Kerpel y el apoyo moral —más una participación con el charango— de Jaime Torres. No es casual entonces que el músico argentino que ha hecho una jugosa carrera en suelo norteamericano dedicara precisamente al fallecido charanguista tucumano este concierto del Teatro Colón, que es parte de una gira que empezó hace tiempo y que ahora va por su sección sudamericana.
En Santaolalla, residente desde hace décadas en Los Ángeles, conviven muchísimas cosas. Su ya lejano pasado rockero, especialmente sus comienzos en los 70 con Arco Iris y en parte de su posterior recorrido solista. Sus búsquedas “antropológicas” compartidas con León Gieco en “De Ushuaia a La Quiaca”. Sus aprendizajes y su interés por los folclores de distintos lugares. Su curiosidad por la música de cámara. Su gusto por la canción, aunque cada vez más lo suyo se fue volcando hacia lo instrumental. Y, naturalmente, el lugar destacadísimo y muy reconocido internacionalmente que ha adquirido como creador de música para la pantalla cinematográfica y televisiva.
Quizá Ronroco, un álbum que a más de 25 años de su nacimiento sigue considerando emblemático en su vida, da muestra de varias de estas cosas; y eso se hace mucho más evidente en un escenario como el del Colón, en donde esas culturas pueden convivir cómodamente. Con esta gira, Santaolalla decidió releer aquel disco con la experiencia de los años y llevar a ese sonido obras que terminan generando un continuum aunque sean piezas concebidas en momentos diferentes.
El presente de este señor de pelo y barbas muy blancos y nutridos, que se planta en medio del escenario como un sabio de cuentos infantiles, lo muestra rodeado de un gran cuarteto de músicos que interpretan perfectamente lo que buscó en ellos. Todos son solistas, pero se instalan humildemente a su lado y no opacan jamás el trabajo de su líder. Todos son parte fundamental y pueden pasar de un instrumento a otro sin quedar jamás fuera de sitio. Y hacen sonar, al igual que Santaolalla, charangos, ronrocos, guitarras, violín, cello, teclados, arpa, una gama amplia de percusiones o hasta un aerófono casero como un largo tubo de PVC que él mismo utiliza a modo de trompeta.
El repertorio del Colón paseó por buena parte del disco tributado. Por momentos presentados sin solución de continuidad y mezclados con piezas de otros álbumes, aparecieron títulos como “Way Up”, “Gaucho”, “Coyita”, “Del pago”, “Iguazú” o, ya sobre el final, “Zenda” y Lela”. El resto, como se dijo, fueron composiciones que hicieron parte de la vida de este autor e intérprete muy prolífico, donde no faltaron “De Ushuaia a La Quiaca” -también publicada en el disco Ronroco-, “Canto en la rama” —un momento en el que se puso en cantante y pudo escucharse su voz—, una suite de la banda de sonido de la exitosa The Last of Us, el tema principal del film Secreto en la montaña, que le valiera uno de sus dos premios Oscar- y unas cuantas otras.
Si uno jamás hubiera escuchado a Santaolalla y no conociera este frondoso pasado, y hubiera presenciado un concierto como el que dio en el gran teatro porteño, tendería a imaginarlo como un músico de folclore; y, sobre todo, como un artista interesado en las músicas de nuestro noroeste. No se equivocaría, pero pecaría de parcial, porque toda la información complementaria permite entender cómo un señor nacido en Ciudad Jardín, que se instaló a vivir muy lejos de su país, que aprendió a tocar charango y ronroco con técnicas absolutamente heterodoxas, que alcanzó fama mundial, puede presentar un espectáculo donde lo que predomina es el espíritu de su lenguaje, más allá de cada música en sí misma. Todo lo citado está y se hace presente en el modo en que arregla, en cómo muestra esas piezas, en cómo las va hilvanando, en el amoroso y espiritual discurso que despliega en los momentos en que toma el micrófono, en los músicos que elige para compartirlo. Pero también son parte de él y de su propuesta, una solemnidad que por momentos se siente religiosa, esos huaynos que parecen atravesarlo todo, esa intencionalidad de música incidental que se le ha hecho carne, esa credibilidad que transmite con cada cosa que hace.

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