Amy Winehouse: una carrera corta pero influyente, una muerte temprana y el dolor que continúa 15 años después

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“Mi mayor miedo es, probablemente, morirme sin que nadie llegue a conocer el aporte que hice a la música”. Amy Winehouse tenía 20 años cuando soltó esa confesión, poco después de publicar Frank, su álbum debut. Todavía faltaban Back to Black, los cinco premios Grammy, las giras mundiales y también el derrumbe que convertiría su vida privada en un espectáculo. Quince años después de su muerte, el tiempo terminó desplazando ese temor.

Que los Rolling Stones hayan grabado “You Know I’m No Good” para su nuevo disco, Foreign Tongues, diecinueve años después de compartir escenario con ella en la Isla de Wight, es apenas una muestra de la vigencia de una obra que no depende del mito que la rodeó en vida. Su legado no se sostiene en la tragedia, sino en un repertorio que continúa dialogando con músicos de distintas generaciones.

Antes de que la fama convirtiera su voz, su peinado y su inconfundible delineado en una marca registrada, Amy ya era una compositora excepcional. Lanzado en octubre de 2003 e inspirado casi por igual en el hip hop y el jazz, Frank contaba con un repertorio escrito en su mayor parte por ella y revelaba una identidad musical muy singular. Era la carta de presentación de una artista que transformaba sus experiencias más íntimas en canciones atravesadas por la ironía, el humor ácido y una honestidad casi imprudente, que escapaba de los lugares comunes del pop de comienzos de aquella época. Todo eso acompañado por una voz de color agridulce, un fraseo que manejaba con la libertad y la impronta del jazz, un vibrato heredero de las big bands de los años 40 y un swing que la ubicaba en las antípodas de las cantantes que la industria intentaba fabricar en serie.

Aquella personalidad no había surgido al azar. Comenzó con una infancia en Southgate, al norte de Londres, donde la música fue una pasión heredada y escuchar a Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan, Dinah Washington o Frank Sinatra – de ahí el nombre de su ópera prima-, y cantar canciones como “Fly me to the Moon” con su padre eran parte de su paisaje cotidiano. Esa educación sentimental en el jazz se fusionaba también con una fascinación por el hip hop, como cuando formó un dúo de rap con su mejor amiga inspirado en el grupo musical Salt-N-Pepa. Desde chica parecía decidida a hacer las cosas a su manera. Inquieta, irreverente e inspirada por su hermano Alex, en su adolescencia se colgó una guitarra y empezó a escribir sus primeras letras.

Frank recibió excelentes críticas y varias nominaciones a los Brit Awards, aunque el éxito fue más moderado de lo que Amy había imaginado. En esa época se mudó al barrio londinense de Camden, un oasis alternativo que con sus pubs, tiendas de discos y pequeños escenarios formaría parte de su universo creativo y de una escena musical que alimentaría sus influencias mucho antes de que la fama la convirtiera en una de sus figuras más reconocibles. Fue ahí también donde conoció a Blake Fielder-Civil, con quien compartiría una relación tan intensa como conflictiva que marcaría profundamente su vida y que coincidiría con una etapa de consumo cada vez más problemático de alcohol y drogas.

Amy Winehouse y su amiga y estilista Naomi Parry
Amy Winehouse y su amiga y estilista Naomi ParryInstagram Naomi Parry

Su obra definitiva llegó en 2006 con Back to Black, una catarsis a corazón abierto y el disco que representaría el camino hacia una rehabilitación tanto clínica como romántica, a lo largo de once temas en los que se sinceraba sobre sus adicciones y trataba de sanar un desamor amargo, por el que admitía haber muerto cien veces. Blake la había dejado para volver con su expareja y el mundo de Amy se desmoronaba. No había personajes ni metáforas que amortiguaran el golpe.

“Escribo canciones porque tengo la cabeza hecha un lío y necesito poner todo eso en el papel para sentirme mejor, para que de algo malo salga algo bueno”, reconocía la artista en su momento. Con el dolor como musa, escribía sobre sí misma, sobre el rechazo, la dependencia emocional, el orgullo y la resignación, sumando el valor de las imperfecciones con una respiración fuera de tiempo, una voz quebrada y una interpretación al borde del derrumbe, rasgos que terminaron convirtiéndose en parte esencial de su identidad artística.

Amy Winehouse con Catriona Lundie Gourlay, una amiga de toda su vida
Amy Winehouse con Catriona Lundie Gourlay, una amiga de toda su vidaInstagram Catriona Lundie Gourlay

Volvió a confiar en el productor Salaam Remi y empezó a trabajar también con Mark Ronson, con quien desarrollaría una complicidad artística que sería decisiva para el álbum. Dejaron atrás el predominio del jazz para sumergirse en el soul y el R&B contemporáneo, inspirados por el sonido Motown y los grupos femeninos de los años sesenta, junto a la participación de los Dap-Kings, la banda de Sharon Jones, que terminó de darle al disco la calidez y la potencia de las grandes grabaciones de esa época.

El proceso creativo fue tan intuitivo como meticuloso. Amy llegaba al estudio con canciones escritas en una guitarra acústica y junto a Ronson buscaba la manera de vestirlas sin sacarles honestidad. Fue ella quien empezó a llevarle viejos discos de The Shirelles, The Shangri-Las y The Angels. “Amy me hizo escuchar esos grupos. Venía todos los días con canciones y probábamos distintos arreglos hasta encontrar algo que se sintiera auténtico”, recordó años después el productor en una entrevista con Rolling Stone. Ronson entendía que lo revolucionario del disco no era solamente su sonido. “Ella le está devolviendo al pop ese espíritu rebelde del rock and roll”, decía entonces. “Hacía muchísimo tiempo que nadie en el pop salía a admitir sus defectos porque todos están demasiado ocupados intentando proyectar una imagen de perfección. No está enamorada de sí misma ni persigue la fama. Tiene la suerte de ser tan buena que ni siquiera necesita hacerlo”.

Con su padre, Mitch Winehouse, en los BRIT Awards de 2008, en Londres
Con su padre, Mitch Winehouse, en los BRIT Awards de 2008, en LondresJMEnternational (Getty Images)

Quienes participaron de aquellas sesiones recuerdan, sobre todo, a una mujer muy distinta de la imagen que construiría la prensa sensacionalista. En una entrevista del medio Uncut con sus compañeros de banda, el baterista Homer Steinweiss evocó a una mujer “muy dulce y fantástica”, que en el estudio “era el alma de la fiesta y tenía un sentido del humor increíble”. El guitarrista Binky Griptite coincidió en destacar el rasgo que mejor la definía: “Con ella no había secretos; era brutalmente honesta. Siempre sabías en qué estado de ánimo estaba”. Esa sinceridad, la misma que aparecía en el estudio y en la convivencia cotidiana, terminó siendo también la materia prima de sus canciones.

El éxito fue inmediato. Back to Black vendió millones de copias en todo el mundo y transformó a Amy en una figura global. Luego llegó uno de los reconocimientos más contundentes de la industria. En febrero de 2008, Tony Bennett -uno de sus grandes ídolos, que la comparaba con Billie Holiday y con quien, años más tarde, grabaría “Body and Soul”, la última canción que registró en un estudio- anunciaba uno de los cinco Grammy que la cantante ganaría en una sola noche, en una ceremonia que vivió a distancia desde Londres porque Estados Unidos le había negado la visa. Años después, Bennett recordaría que Amy le había dicho que lo que realmente la emocionaba no era haber ganado el premio, sino que fuera él quien pronunciara su nombre.

Con Blake Fielder-Civil en los premios MOJO Honors List, el 18 de junio de 2007, en Londres
Con Blake Fielder-Civil en los premios MOJO Honors List, el 18 de junio de 2007, en LondresDave M. Benett – Getty Images

Pero mientras el reconocimiento crecía, también lo hacía el interés por su vida privada. Blake volvió a aparecer y el consumo de alcohol y drogas se volvió cada vez más difícil de controlar. La cobertura mediática dejó de concentrarse en las canciones para seguir cada una de sus recaídas, discusiones o apariciones públicas. Poco a poco, el personaje empezó a eclipsar a la artista, con un deterioro que se hacía cada vez más evidente, rodeada por un entorno que no supo contenerla.

En retrospectiva, resulta difícil no ver en ese tratamiento uno de los ejemplos más extremos de la cultura del espectáculo de los años 2000. La industria del entretenimiento consumía la vida de sus propias estrellas casi con la misma intensidad con la que celebraba sus éxitos. El documental Amy, de Asif Kapadia, estrenado en 2015, se centró en revisar esa mirada y expuso el modo en que los medios, el entorno y parte de la industria musical contribuyeron a convertir el sufrimiento de la cantante en un espectáculo permanente.

Amy Winehouse
Amy WinehouseReuters

El tiempo hizo que el foco volviera a estar en sus canciones. Y las canciones resistieron. Al paso del tiempo, las modas y la saturación de imágenes que durante años parecieron convertirla en un símbolo trágico. Hoy es posible escuchar Frank y descubrir que la artista que el mundo terminaría conociendo ya estaba completamente ahí, volver a Back to Black y comprobar que su sonido conserva una frescura sorprendente o encontrar rastros de su manera de escribir en buena parte del pop británico contemporáneo.

Su huella sigue presente en músicos de distintas generaciones. Artistas que ya llevan un tiempo en la escena como Adele o más recientes como Raye reconocen su inspiración, y citan su fraseo y su forma de escribir como referencia directa. Ninguna repitió exactamente lo que ella hizo, y ese es el mejor indicador de que se trataba de algo genuinamente propio y no de una fórmula replicable.

También dejó una marca en músicos a los que acompañó personalmente. Entre ellos estuvo Dionne Bromfield, una joven cantante británica a la que Amy apadrinó desde sus comienzos a través de su sello Lioness Records. Juntas compartieron presentaciones en varias oportunidades y uno de los últimos momentos de Amy sobre un escenario fue precisamente junto a su ahijada en un concierto en Camden, apenas tres días antes de su fallecimiento. Aquello mostraba a una artista interesada en acompañar y abrirle camino a otra generación.

Amy Winehouse lanzó solo dos discos de estudio, Frank y Back to Black
Amy Winehouse lanzó solo dos discos de estudio, Frank y Back to Black

Quince años después de su muerte, su legado ya no necesita sostenerse en hipótesis sobre lo que podría haber sido. Amy publicó apenas dos discos en vida –Lioness: Hidden Treasures fue publicado de manera póstuma unos meses después de su muerte-, una obra breve pero suficiente para que su música trascendiera su tiempo y terminara convirtiéndose en un clásico. Back to Black continúa apareciendo entre los mejores álbumes del siglo XXI, nuevas generaciones siguen descubriendo sus creaciones y su voz sigue sonando imposible de imitar.

Sus canciones no necesitan la tragedia para explicar por qué siguen vivas. Su música continúa a través de nuevos intérpretes, oyentes y formas de emocionar. Ese, quizás, sea su mayor legado. Y aquel miedo que confesó a los 20 años, el de que nadie reconociera su aporte a la música, hace tiempo dejó de tener sentido.

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