Nacho Vegas: de la diferencia “abismal” entre escuchar y consumir música a por qué demoró 7 años en volver al país

Es curioso, no fue buscado”, le dice Nacho Vegas a LA NACION al darse cuenta que su próxima visita porteña coincidirá con el Día Internacional de los Trabajadores. El cantautor asturiano se presentará por sexta vez en Buenos Aires este 1 de mayo en Teatro Vorterix, y la coincidencia lo hace reflexionar ante la cámara de su computadora. “Es un día de celebración de una lucha que al final es una lucha diaria. Hoy, que tenemos tantos derechos laborales pisoteados, tanto en España como en Argentina, habrá que cantarle a ello muy alto”, concluye.

Aunque una parte del público pueda identificarlo como el autor de la canción de la serie Los años nuevos, la carrera solista de Vegas tiene ya un cuarto de siglo. La primera parte de su obra es el reflejo de un artista torturado que convirtió a las canciones en vehículos para poder exorcizar demonios, miedos y padecimientos, como lo deja en claro la brillante tetralogía que dio inicio a su derrotero en solitario con Actos inexplicables (2001), Cajas de música difíciles de parar (2003), Desaparezca aquí (2005) y El manifiesto desastre (2008). En el medio, Vegas encontró los socios creativos adecuados no solo para escribir codo a codo, sino también para darle a su obra una llegada mayor a espacios en los que su nombre todavía era algo menos que un misterio, como lo muestran sus colaboraciones con Enrique Bunbury (en El tiempo de las cerezas, de 2006) y la cantante Christina Rosenvinge (en Verano Fatal, de 2007).

Y de a poco, el compromiso político y social de Vegas empezó a ocupar una parte cada vez mayor de su obra, primero a partir de la reivindicación de Asturias como comunidad autónoma del Estado español, y luego a partir de la canción de protesta como nueva incorporación a su repertorio, junto con la reivindicación de la figura de Violeta Parra, a quien le dedicó el disco Violética, de 2019.

Vidas semipreciosas es el nuevo disco de Nacho VegasGentileza

Con el tiempo, Vegas logró hacer equilibrio entre todas sus facetas, como lo demuestra Vidas semipreciosas, el disco que presentará este viernes en Colegiales, y cuyo título esconde un juego de palabras que parece sugerir mucho más de lo que parece. “Nunca me interesó excesivamente el mundo de los minerales, ni de la joyería o la geología, pero empezó a interesarme de una manera semántica o pragmática”, dice. “Me di cuenta de que había minerales catalogados como piedras preciosas y otros como semipreciosas, y cuando el prefijo ‘semi’ se une a un adjetivo no es una apreciación subjetiva. Podemos decir que algo es semiesférico, pero no que una persona es ‘semisimpática’. Sin embargo, existen estas piedras ‘semipreciosas’ como si fueran la mitad de preciosas que las otras”.

–¿Y cuál era esa diferencia?

–Las preciosas son piedras con una dureza especial, muy escasas y muy caras; son la élite de las piedras y poca gente tiene acceso a ellas. Las semipreciosas son muchas más, se encuentran mezcladas unas con otras en yacimientos: hay una beta de obsidiana con una de lapislázuli o malaquita. Son piedras más blanditas, más tiernas y mestizas, como somos la mayoría de las personas. Creo que hay ahí una analogía con nuestras vidas y lo importante que es ser conscientes de nuestra propia vulnerabilidad y fragilidad. Somos gente que tenemos mucho en común a pesar de vivir realidades diferentes, y tejer esas redes de solidaridad y empatía es lo que nos hace empoderarnos y ser más fuertes que esas élites de poca gente que nos dirige y que aplasta nuestros derechos y libertades, sobre todo los de la gente más vulnerable. Es una manera de reivindicar: nos gustan las vidas semipreciosas, no nos gustan nada las vidas preciosas.

–Si bien siempre fuiste políticamente activo, en tu obra esto se hizo más presente en la última década y media, más precisamente a partir de la canción “Cómo hacer crac”. La política pasó a ser un elemento central en tus personajes y repertorio. ¿Qué llevó a que eso sucediera?

–Supongo que hubo un cambio de clima social a raíz del 15M en 2011. Antes de eso, la militancia política se vivía como un compartimento estanco respecto a la música, especialmente en la escena independiente, donde la política era casi un anatema. Aunque en mi primera etapa ya militaba de otra manera —apoyando causas concretas en conciertos—, no dejaba que la política se colara de forma explícita en las canciones por el ambiente que se vivía. El 15M provocó que diferentes movimientos autónomos se pusieran en común por el hartazgo ante el colapso y los excesos de la contrarrevolución neoliberal. Se abrieron nuevas ventanas y espacios para expresarse y vehicular la música junto a gente que participaba de la cultura desde otras trincheras del activismo. Ahí fue que lo decidí, no es que fue algo de un día para el otro, pero lo sentí como algo natural, eso que estaba sucediendo en las calles, ese clima social tan patente necesitaba permear en las canciones. Creo que la música popular debe ser permeable a los procesos sociales que ocurren mientras se compone. Mientras que el indie nació en una época donde el neoliberalismo lo abarcaba todo, el 15M sacó la militancia a la calle y permitió que eso se incorporara a la cultura.

–En tu disco anterior, en la canción “Big Crunch”, mencionabas que el capitalismo había entrado en fase de implosión…

–En esa canción había más un wishful thinking, una expresión de deseo, que una realidad que apreciara en aquel momento. Estábamos en un momento muy jodido, saliendo de la fase pandémica, donde al salir nos dimos cuenta que muchos imaginarios colectivos habían salido muy dañados y tocaba reconstruir, porque la gente estaba muy desanimada. La pandemia tuvo consecuencias emocionales y de salud mental muy duras, nos afectó en muchos niveles. Quería mirar hacia el futuro e imaginar un horizonte poscapitalista, pero creo que es como lo dice el filósofo Santiago Alba Rico: “El fin del capitalismo se parecerá más a la caída del Imperio Romano que a la toma de la Bastilla”. Será algo que tardará unos cuantos siglos. De momento, parece que lo que ha colapsado es el proyecto neoliberal con sus excesos, pero ha dado lugar a un escenario mucho más oscuro donde la ultraderecha ha aprovechado para colar sus discursos de odio, racismo, guerras y genocidios. Es un momento espeluznante.

–Intuyo que estás al tanto del escenario político argentino, ¿cierto?

–Sí, tenéis ahí al colega Milei, os ha caído una buena. Aquí en España, Milei ya se ha abrazado con Santiago Abascal, que es el líder de la ultraderecha institucional, así que no digo nada porque aquí podríamos vernos en escenarios muy parecidos, es terrible. Recuerdo que las últimas veces que quise ir a la Argentina nos resultaba muy difícil planificar conciertos por cuestiones económicas, como la devaluación de la moneda, y asuntos de logística. Ahora, paradójicamente, a costa de aplastar derechos laborales básicos y de una inyección de dinero extranjero, surge la oportunidad de ir a tocar con el peor de los escenarios políticos posibles. Tengo ganas de estar allí, hablar con mis amistades y ver cómo lo viven, porque tiene que ser bastante duro tener a un presidente como Milei que está destrozando la nación.

–Mencionabas tu vínculo con Argentina y Latinoamérica. En tu disco Violética homenajeaste la figura de Violeta Parra y te acercaste incluso a la cumbia. ¿Cómo surge este acercamiento a las culturas latinoamericanas?

–Gracias a la oportunidad de viajar por allí en las últimas dos décadas. La primera vez fui a México, en 2006 y a Argentina al año siguiente, para el Bafici. La gente piensa que cuando viajas tienes la oportunidad de conocer a fondo esos países, pero te pasas mucho tiempo en las salas, en pruebas de sonido y aeropuertos. Así y todo he hecho grandes amistades, gente con la que me mantengo en contacto y me hace sentir más cerca lo que ocurre allá, y siempre intentas traerte algo de la música que suena. Mi última colaboración fue con las Kumbia Queers, y también hice otra con Niños Envueltos. Siempre lo hago con el respeto que me genera el riesgo de la apropiación cultural de otros estilos, pero cuando estableces una conexión desde el respeto, creo que surgen cosas que te enriquecen la mirada. Hoy es un momento muy bueno para la música latina, especialmente el fenómeno de la cumbia que ocurre en toda América Latina con expresiones diferentes: la sonidera de México, la villera en Argentina o la colombiana. Todo da lugar a artistas que la actualizan y para mí son expresiones tan revolucionarias como lo fue el punk en su momento, o incluso más.

–Tanto en España como en Argentina, se ha ampliado tu público gracias a la serie Los años nuevos. ¿Cómo es conocer a un nuevo público a través de una serie que no solo tiene una canción tuya sino que tu imaginario forma parte de ella?

–Es algo que me pilló un poco por sorpresa. Me comentó mi manager que había un repunte de escuchas en Latinoamérica gracias a la serie, aunque todavía no he podido comprobarlo en directo porque no viajamos a Argentina desde 2019. Fue muy emocionante trabajar con [el director] Rodrigo Sorogoyen, porque admiraba mucho su obra y resultó que él era seguidor de mi música y conocía mi discografía en profundidad. Fue un orgullo que me pidiera escribir la canción para la serie y me permitiera sumergirme en su proceso creativo. Iba recibiendo los premontajes de los capítulos en su primer esbozo y pude zambullirme un poco en la relación de los dos personajes principales. A veces puede darte miedo un encargo, porque lo que escribes tiene que estar al servicio de otra obra y siempre piensas que eso puede constreñir tu libertad creativa, pero Rodrigo me dio mucha libertad y fue un estímulo narrar una relación de diez años con esas elipsis entre capítulos.

–En tu obra y figura pública siempre has resaltado tu lugar de pertenencia, Asturias y Gijón. ¿De dónde viene esa necesidad de reivindicación?

–Me parece importante que los que tenemos la suerte de ejercer el oficio de escribir canciones lo hagamos desde el arraigo a una tierra para conocer nuestras raíces culturales. Hay que saber bien de dónde vienes para intentar llegar lo más lejos posible, de lo local a lo más universal. El Estado español es plurinacional, pero las naciones que estamos en la periferia somos víctimas de ese centralismo donde parece que todo sucede en Madrid, y donde hay una represión de las manifestaciones culturales. En Asturias vivimos un momento muy dulce para la música hecha en asturiano, pero nuestra lengua sigue sin ser oficial. Hay una ley de uso, pero no es oficial porque nuestros dirigentes le dan la espalda al pueblo. Es una lengua que sigue viva en la literatura y la música, pero minorizada. Cuando vives ese estado de represión de lo que significa Asturias culturalmente y de la realidad que se vive a nivel cultural y social, tan diferente a lo que ocurre en otras partes, sientes la necesidad de reivindicarlo con mucho más arrojo, porque si no nos silencian desde las instituciones.

–Salvo colaboraciones concretas como lo fueron tus discos con Enrique Bunbury y Christina Rosenvigne, has tenido una carrera mayormente solista. ¿Es la tuya una profesión solitaria?

–Para mí, escribir canciones es algo que tengo que hacer desde la intimidad y la soledad escogida, pero es solo una parte del proceso. En cuanto tengo las maquetas básicas, las comparto con mis compañeros de banda e iniciamos un proceso de diálogo muy colaborativo. Siempre digo que si tengo una virtud, es la de saber rodearme de gente muy bonita y con una gran sensibilidad y sabiduría musical. Creo que en este oficio hay que saber ser generoso para poder recibir y saber dar algo a cambio; compartir conocimientos es un trabajo muy colaborativo. Aunque se pone mucho el foco en las colaboraciones que fueron un poco más mediáticas como la de Enrique, que para mí fue muy importante porque me llevó por primera vez a Latinoamérica, o lo que hice con Christina, cuando hay colaboraciones con otros nombres propios la canción tiene más visibilidad y te permite sumergirte en el universo creativo de otra gente. Para mí, el trabajo diario es una colaboración continua con mis compañeros de banda. No soy un cantautor con una banda de apoyo, sino que somos una banda donde cada uno de nosotros aporta y se intenta que las canciones se adueñen del escenario, se diluyan los egos y creemos algo en conjunto. Esa parte colaborativa es fundamental para mí.

–Hace una década dijiste que te parecía bien que la industria musical desapareciera. Hoy ni siquiera hay oyentes, sino “consumidores” de música. ¿Cómo se combate eso?

–Tendríamos que tomar conciencia ya desde la manera en que nos expresamos. Hoy la gente habla de “consumir” música, y antes hablábamos de escuchar. Con la literatura se sigue hablando de “leer”, por lo menos ahí no ha llegado. El otro día estaban entrevistando a un artista de música urbana que me gusta mucho, donde le preguntaban qué estaba escuchando y decía: “Hoy he consumido a La Polla Records por la mañana, pero a la tarde consumí otra cosa”, y usaba el verbo consumir de una manera que no es inocente. Al final, esas lógicas de consumo hacen que percibamos a la música como una mercancía perecedera y no como algo que emociona, se disfruta y te hace crecer la mirada. Sin embargo es algo que sigue siendo central para mucha gente en la cultura, y sigue existiendo a pesar de que la industria quiera marcar sus maneras. Creo que se le pega con el pie cambiado cuando pretenden querer saber lo que gusta, siempre surge algo que los deja con el culo torcido y tienen que cambiar sus dinámicas.


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