Al Di Meola brilló en La Trastienda: de Piazzolla a The Beatles, todo el universo sonoro de un guitarrista notable

Es el último tramo del concierto y Al Di Meola agarra el micrófono, se pone de pie y hace unas señas con su guitarra. “Vengan, los quiero cerca mío”, lanza, en una invitación que hace mella de inmediato entre el público, que deja entonces los asientos de sus mesas, agarra celulares y se amontona alrededor del escenario de La Trastienda, a sala llena. Mayormente ubicado entre los cincuenta y setenta años, los espectadores menean sus cuerpos lentamente, al ritmo de un trío explosivo, completado por dos jóvenes españoles de primera línea, el guitarrista Isaac Romagosa y el percusionista Sergio Martínez, a la postre una de las figuras de una noche tan sensacional como emotiva.

No casualmente la elección que el experimentado guitarrista norteamericano hizo de sus músicos, con la base de esta gira en los sonidos hispánicos. No casualmente, también, se haya referido en varias partes del recital a su ansiado regreso a Buenos Aires después de que sufriera un infarto en pleno show en Bucarest, en 2023, algo que frenó su expedición de aquel entonces y donde Argentina figuraba en el mapa. Esos dos elementos, en efecto, fueron los condimentos esenciales de este sábado en San Telmo: la presentación de un trío con un pie en el flamenco, apoyado en el transcendental set de Martínez, sobre todo la rítmica de su cajón, y el fulgor conmovido de su guía, que a sus 72 años se lo vio en buena forma, con gratitud de reencontrarse con un público al que definió como uno de los más apasionados del mundo.

“Gracias a Dios estoy de regreso con ustedes, volví a nacer”, fueron una de sus tantas palabras en un espectáculo de dos horas y diez minutos, casi sin cortes. El “arquitecto de la guitarra” fue repasando temas y toques de sus diversas épocas, cinco décadas de trayectoria que ni por asomo, en su caudal de discos, grupos, composiciones y referencias, podrían caber en un concierto especialmente acústico, salvo por algunas distorsiones y efectos que salían de su guitarra. Hubo evocaciones a Chick Corea y su Return to Forever, con un prodigioso Di Meola de casi veinte años echando fuego por la guitarra, a John Lennon y The Beatles, a Astor Piazzolla, a Pat Metheny y Keith Jarrett, Stanley Clarke y John McLaughlin, a Paco de Lucía.

Fandangos, soleás, tangos, jazz rock, impresiones mediterráneas, gitanas y árabes –allí sonó la enredada “Turquoise”–, fusión rítmica, largas improvisaciones, temas expandidos como “Misterio”, complejas y zigzagueantes melodías, y esa cualidad extraordinaria y singular que, más allá de su virtuosismo y su elegancia en el fraseo, lo convierte en un narrador y no en un simple guitarrista. La oportunidad de estar frente a un anfitrión con un excelso dominio de su instrumento, conociéndolo en todas sus facetas y dinámicas, no es algo común. Di Meola es un narrador capaz de contagiar, con sus texturas y atmósferas, desde la voz de su guitarra, y desde el brillo de su simpático liderazgo, la sensación de tocar un gran y largo tema como un viaje repleto de estaciones, micro acontecimientos, inmersiones y desvíos, ir de una balada como “Infinite Desire” a la lírica de “Eden”, con espacios flexibles para los solos y las preguntas-respuestas de la improvisación colectiva.

Como buen narrador, sabe de rupturas y silencios, sabe de quiebres y potencias, de volúmenes y reminiscencias, donde se permitió un pequeño homenaje a su hija, con el nostálgico “Ava’s Dance in the Moonlight”. Técnica deslumbrante y emoción, juntas y no como cosas separadas, al compás del jazz y del flamenco, sus altas dosis de energía creativa que abren caminos inesperados, como cuando frena la marcha y sale con los acordes de “In My Life”, fruto de sus permanentes versiones de sus amados Beatles.

Astor Piazzolla ocupa un rincón especial para el guitarrista. Se reflejó en varios momentos de la noche, tanto en imagen y melodía como en el caso de “Café 1930”, o cuando lo metía entrelazado en citas dentro de un fandango. En ese repaso selectivo de sus épocas y afinidades electivas, sobrevoló también World Sinfonia (1991), todo un manifiesto de cruces y mezclas para su música, que fue traído a la mesa con sus ecos de yuxtaposición sonora, de abrazar la rítmica africana y los sonidos latinoamericanos, no sólo por su homenaje a Astor sino por la presencia de Dino Saluzzi en aquella banda, a quien definió como el mejor bandoneonista de todos los tiempos. Los dedos mágicos de Di Meola, secundado por el silencioso y confiable Isaac Romagosa, en un “a dos voces de cuerdas” solvente y refinado, subieron el tono en cuerpo y alma en sus ultras veloces digitaciones, cuando desde el set de percusión Sergio Martínez encendió el ritmo con una performance destacadísima.

La inagotable curiosidad estilística del arquitecto tuvo momentos de ciertos pifies y fallas, como cuando, disconforme con el sonido, llamó al escenario no sin sus mejores ánimos a su ingeniero de sonido, Robert, el cual el público coreó en su nombre para aliviar la tensión, y en otros ratos donde los temas se hacían excesivamente largos y algo repetitivos que saturaban en su eco y transmisión, ahí cuando tal vez “se pasa” de virtuoso. Apasionado e imperfecto, sin embargo, Al Di Meola es de esos guitarristas que no tocan notas, sino que describen mundos. Y bajo un cultivado sentido de lo imprevisible: cuando parece que un tema cierra, se corta o se prolonga en partes. Entre graves, agudos, intermedios, arpegios, fraseos y acordes, utiliza, por ejemplo, su inmensa velocidad no para proezas con la mano izquierda sino para patrones de punteo percusivo, tanto como sus inflexiones rítmicas y armónicas para sacar pinturas sonoras de otras galaxias, tal el cover de “The Sound of Silence”, la mítica canción de Simon & Garfunkel.

Envolvente y polifacético en su lenguaje musical, influenciado por corrientes diversas de la música del mundo que su guitarra procesa como una máquina lúdica de historias y memorias, otra leyenda viva de la guitarra pasó por Buenos Aires, con la estela hipnótica del inolvidable concierto solista de Pat Metheny del año pasado en el Gran Rex, con el que los sonidos de Di Meola dialogan en varios aspectos. Sin arreglos orquestales ni sofisticadas tecnologías, esta vez con una versión íntima y un trío camarístico, el guitarrista proyectó la “llama sagrada del vivo” –como le gusta decir– a un público extasiado, que lo celebró en la oscuridad, cerrando los ojos y en silencio, y luego cerca suyo, haciendo palmas con Paco de Lucía en espíritu más presente que nunca con el clásico “Mediterranean Sundance”, y filmando cada pedacito que pudiera llevarse como remembranza de una velada de amor por la música, aquella que llegó del pasado y sigue latiendo y habitando en el presente.


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