Murió Rubén Rada, el genial músico uruguayo amado en todo el Río de la Plata

A los 83 años murió Rubén Rada, enorme músico uruguayo muy querido en la Argentina. “Con muchísimo dolor les comunicamos que hoy miércoles 26 de agosto a las 15.30 se fue y ahora descansa en paz nuestro querido esposo, padre y abuelo, después de pelear un mes contra la neumonía y sus complicaciones. Gracias a todos por los mensajes de preocupación y el amor de hoy y siempre. Infinitas gracias al equipo profesional que hizo todo lo posible y más”, informó la familia Rada.

Gente con carisma hubo mucha a lo largo de la historia del espectáculo, pero podrían contarse con los dedos de una mano aquellos que fueron como Rubén Rada, ese artista que podía hacer bailar a un teatro entero, o a un estadio, sin levantarse de la banqueta donde se ubicaba, cómodamente, detrás de sus tumbadoras. Y en algún momento de sus shows se ponía de pie y también bailaba, claro que sí. Pero lo suyo era un verdadero don, convertido en una o dos horas de canciones, cada vez que acercaba su cara al micrófono y apoyaba sus manos morenas sobre los parches de los tambores.

El Negro Rada no tocaba las congas, las acariciaba. Y eso bastaba para poner en marcha una maquinaria que iba de las canciones más pegadizas (“Tengo un candombe para Gardel”, “Cha Cha Muchacha”, “Botija de mi país”, “Quién va a cantar”) y la veta soulera-funkera (“Dedos”, “Malísimo”, “La mandanga”), hasta los candombes más dulces (“Ayer te ví”) o los más raros (“Que no le compro yo”, ese acentuado en 7/8).

Rada ha sido un “busca” desde niño. Un laburante de la música con una potencia canora y un carisma tan especial, que le ha permitido reinventarse; a veces con la ayuda de una compañía discográfica y de un productor, otras por motivación propia.

Así fue la vida de ese montevideano nacido como Omar Rubén Rada Silva, el 16 de julio de 1943. Pura chispa y ganas de llamar la atención: desde botija, cuando plumereaba las butacas de un cine, hasta los primeros escenarios a los que trepó con los personajes que él mismo inventó; o desde su actuación en musicales como Hair, hasta la pantalla chica, cuando le tocó el turno de asumir un rol en una telenovela de éxito, como Gasoleros. Todo eso en un trayecto entre el Uruguay y la Argentina, que siempre fue de ida y de venida. Pasó un par de temporadas en México y en los Estados Unidos, vivió 12 años en Buenos Aires -donde nacieron sus tres hijos- pero desde finales de los noventa volvió a afincarse en su tierra natal.

Sus comienzos

Zapatito fue su primer personaje (así lo llamaban de chico), cuando salía en los carnavales montevideanos en agrupaciones de candombe. “Luego empezó la era de Little Richard y Chuck Berry. Uruguay no tenía una música propia. De hecho, los primeros artistas que salieron y mataron fueron los Shakers (de los hermanos Hugo y Osvaldo Fattoruso). Era la época de El Club del Clan, de Nicky Jones y Johnny Tedesco. Todos teníamos esos nombres; no podías cantar con el propio. Llegué a los Hot Blowers cuando estaba en un tablado haciendo imitaciones, mientras se esperaba que subieran las murgas. Cuando me vieron me llevaron a la banda y a los diez días estaba de gira por Chile. No sabía ni hablar. Ni en español sabía hablar [se reía al recordarse joven]. Era un desastre. Empecé a cantar en inglés por fonética”, contó hace dos décadas, cuando reflotó a Richie Silver, el primer personaje de la era “profesional” de su carrera. Con The Hot Blowers, su alter ego era un artista ficticio todoterreno con un repertorio que iba del rocanrol a zambas famosas (“Angélica”) pero en versión swing.

Ruben Rada en Buenos Aires, el 11 de abril de 2022Santiago Cichero/AFV

Durante los sesenta y setenta fue parte de dos formaciones esenciales del candombe beat (El Kinto y Totem) y luego del proyecto Opa, de los hermanos Hugo y Osvaldo Fattoruso. Y a pesar de que comenzó a grabar con su propio nombre a finales de los sesenta, recién terminada la década siguiente transformó su liderazgo de frontman en una verdadera carrera como solista, que se consolidó con los años. Desde entonces, desplegó en ese trabajo en solitario todo su histrionismo. Como él mismo decía, ha hecho discos “de canciones” y “discos de banda”. Por “banda” entendía a esas soberbias agrupaciones de virtuosos instrumentistas, que lo tenían como capitán. Rock, candombe, murga, jazz rock, tango.

Porque en cada disco su expresión viró hacia la música de fusión, con grandes trabajos discográficos como Montevideo I y II, Miscelánea Negra, Black y, finalmente, Candombe Jazz Tour, que resume magníficamente, en un concierto porteño de 2004, los matices de su carrera.

Tres de aquellos “jóvenes hippies” que participaron del musical Hair, Mirta Busnelli, Rubén Rada y Valeria LynchPablo Álvarez

Más tarde brotaron nuevas facetas, que iban del cancionero del tango a la música infantil (enfundado en su personaje Rubenrá). De ahí al Richie Silver de sus inicios, que le permitía hacer una especie de compulsa con el Rubén Rada ya consagrado, de la madurez.

En cada charla con Rubén se podía encontrar al artista que trataba de esconder al hombre, y también al hombre que, finalmente, con sinceridad abrumadora, se paraba delante del artista, al menos por un rato.

Un artista polifacético

Al promediar la segunda década de este siglo, decía: “Más éxito del que tuve no voy a tener. Nunca fui un gran vendedor de discos ni lo voy a ser. Mi carrera se basa en ese artista polifacético que hace de todo. El que a veces se parece a un artista de varieté. El que ha hecho algunas canciones muy importantes dentro del rock argentino y del uruguayo y otras divertidas para que la gente baile. Pero más de ahí la cosa no pasa. El disco que más vendió fue Quién va a cantar”, decía con una extraña mezcla de orgullo y resignación, ese hombre que había ganado un Latin Grammy a la Excelencia Musical.

“Lo que pasa es que cuando llevás una carrera tan larga como la mía no podés esperar mucho más. A menos que me vaya a los Estados Unidos o a México, haga una carrera distinta y digan: ‘¡Qué genio este tipo!’“.

En uno de sus últimos regresos a Buenos Aires, para dar conciertos, hizo balance de su vida y de aquello que lo hizo diferente, incluso por detalles como los tambores que usaba sobre el escenario: “A diferencia del candombe tradicional que se toca con tres tambores [piano, chico y repique], yo tocaba con dos tumbadoras, que son tambores más relacionados a los sonidos de Cuba o Puerto Rico, y al principio fui muy criticado, me acusaban de desfigurar el candombe, me señalaban casi como un traidor a la patria. (…) Hoy en día, no voy a ningún lado sin los tambores. Hasta a Japón fui con los tambores porque podré tocar lo que quieras, pero los tambores son la bandera nuestra. Creo que con los años me volví un tipo respetado y querido por lo que he hecho por el candombe. Pero fue duro, en la Argentina y en Uruguay”.

Pasadas sus ocho décadas de vida, el “Negro” Rada no acusaba asignaturas pendientes con propios proyectos. Pero sí había alguna falta venial con sí mismo: “Me arrepiento de no haber estudiado música. No sé nada de música. Muchos músicos me dicen: ‘si supieras música serías un catedrático rompe bolas como todos, quedate así. Así te fue bien’. Pero a mí me hubiera gustado estudiar música porque cada vez que quiero componer, tengo que tener, como dicen los brasileños, un parceiro, juntarme con otra persona, una tecladista o alguien. Con todo y a pesar de que he sufrido mucho, pienso que fui un favorecido. Tuve tuberculosis de los 2 a los 4 años, quería jugar al fútbol y no podía y después me costó mucho, pero muchísimo, llegar a tener un nombre porque la música que hacía era tan variada que era difícil encasillarme, parecía que estaba engañando a la gente. Hasta que por fin apareció el término world music y la gente entendió que lo que yo canto es la música del mundo. Siempre toqué la música como la quise tocar, sin ataduras”.


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