Pacifica Quartet debutó en el Teatro Colón con una actuación inolvidable

Concierto: Pacifica Quartet. Programa: Cuarteto para cuerdas n°2 en la menor, opus 13, de Felix Mendelssohn; Cuarteto para cuerdas n° 1 “Métamorphoses nocturnes”, de György Ligeti; Cuarteto para cuerdas n° 13 en si bemol mayor, opus 130 y “Gran fuga opus 133″, de Ludwig van Beethoven. Mozarteum Argentino. Sala: Teatro Colón.

Decir que cada cuarteto de cuerdas interioriza a su modo los problemas generales de la escritura para cuarteto puede resultar una exageración o un anacronismo, según el caso. Pero en mayor o menor medida cada obra para cuarteto de cuerdas ronda una misma pregunta, la de cómo unificar lo que tiende a disgregarse, y cada respuesta excede a su vez al cuarteto. La actuación, en la temporada del Mozarteum Argentino, del norteamericano Pacifica Quartet devanó en tres piezas este problema: el Cuarteto n° 2, de Mendelssohn, el primero de György Ligeti, y los opus 130 y 133 (la “Gran fuga”), de Beethoven. Que el ordenamiento del programa se desentendiera de la cronología no hace más que reforzar la presunción de una pregunta que insiste, un poco al margen de los estilos.

En su Cuarteto en la menor opus 13, Mendelssohn perseguía una articulación “orgánica” de la obra. La solución fue anclar el cuarteto en el motivo de su propio lied Frage” (pregunta, precisamente), del que hay referencias literales en el primer movimiento y en el Presto final, aunque con alusiones veladas también en el Intermezzo. Lo que se consigue es un monólogo bajo la apariencia de un diálogo. Y ésta es además una definición que pudo generalizarse de entrada al Pacifica Quartet.

En el cuarteto de Mendelssohn, la estrictísima unidad temática se oyó como una maravillosa conversación. Sin duda que Simin Ganatra y Austin Hartman (violín), Mark Hollow (viola) y Brandon Vamos (cello) son instrumentistas de primer orden, pero también el cuarteto como formación participa de las leyes de su escritura.

Pacifica Quartet se presentó en el Teatro ColónGentileza Mozarteum Argentino 

El Cuarteto n° 1 de Ligeti (compuesto entre 1953 y 1954, pero estrenado en 1958) tiene el título de “Métamorphoses nocturnes”, y por buenas razones. En el Adagio del cuarteto de Mendelssohn sobrevuela la sombra de la Cavatina del Cuarteto opus 130 de Beethoven. Ese saludo no hay que entenderlo como una cita, sino como la asunción de una deuda. Del mismo modo, el cuarteto de Ligeti prolonga la tradición de Bartók, aunque ya de una manera enteramente propia, con una progresión continua y fluctuante -la metamorfosis- de un solo motivo de cuatro notas que es ensanchado y retraído. La lectura del Pacific Quartet fue nuevamente magistral, con la más extrema delicadeza dinámica y la mayor sensibilidad rítmica.

Anticipadamente, en sus opus 130 y 133, Beethoven había convertido estos problemas en un caso terminal. Las contradicciones del cuarteto y de la “Gran fuga” -es decir, la unidad de lo que tiende a desunirse- no proceden solamente de las tendencias opuestas de la fuga y de la forma sonata ni de la polifonía y la monodia, sino también de algo menos demostrable morfológicamente, que es la ironía, la mutua necesidad de lo grave y lo banal, de la seriedad y el humor. El Pacific Quartet no ahorró ninguno de esos dobleces, y fue por eso que su versión resultó ejemplar, porque estos músicos saben que no hay nada que resolver, que la unidad genial de la pieza proviene de las lagunas entre esos extremos. Por eso, y por pasajes como el canon a dos voces del segundo movimiento, en el que ya se preveía que la gran fuga se oiría con un perfilamiento acerado. Nada, ningún plano, se le escapó al Pacifica Quartet. Ni aquí ni en el único encore de una actuación inolvidable: el “Lento” del Cuarteto “Americano”, Antonin Dvorák.


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