Maxim Vengerov y Polina Osetinskaya: los diez años del dúo y su presentación en el Teatro Colón

En su última presentación en la Argentina con el concierto de Sibelius junto a la Filarmónica en el Teatro Colón, el violinista israelí Maxim Vengerov reflexionaba —considerado desde edad temprana uno de los intérpretes más excelsos, también director, mentor de las generaciones jóvenes y embajador de buena voluntad de Unicef—, acerca del poder de la música en situaciones extremas. Era diciembre de 2023 y los sucesos que atravesaban la sensibilidad del músico (nacido en la Rusia siberiana de la Unión Soviética, criado y formado en Israel desde los 16 años), eran la invasión a Ucrania y el ataque de Hamas. “Creo que la música —decía en diálogo con LA NACION—, debe aportar humanidad y elevar al ser humano lo más alto posible. Por eso, hago todo lo que está a mi alcance, porque sé que la música puede ofrecer mucho en las situaciones más tristes, porque es sanadora, cura heridas y reconforta el alma de los que han sido lastimados”.

Apasionado y comprometido, Maxim Vengerov regresa a Buenos Aires para inaugurar el Ciclo Aura junto a la sobresaliente pianista rusa Polina Osetinskaya. Lo harán con un concierto de cámara con el que celebrarán una década del dúo, que propone la música como respuesta a un mundo convulsionado. “La Sonata de Shostakovich es el centro del programa —explica—. Parece escrita para nuestros días, una obra de notable vigencia y actualidad”.

–Desde el arte estás comprometido con situaciones de vulnerabilidad. ¿Te has interesado también por la política?

–Yo viajo constantemente y veo el dolor, el sufrimiento de tanta gente en todas partes y lo único que espero es que las guerras terminen. Pero hablo no sólo por estos dos conflictos sino por todos. Yo no juzgo porque no sé lo suficiente, porque no puedo conocer las realidades de cada uno a fondo. Yo soy apolítico. Soy un músico y lo que defiendo es la música porque al final es la que siempre elige las prioridades más importantes.

–¿Cómo actúa la música en situaciones extremas?

–Como un reflejo del alma. La gente reacciona de maneras diversas frente a la misma obra en la misma sala. Y no hay estudios suficientes acerca de cómo el cerebro procesa ese contacto. A alguno le provoca tristeza, a otro llanto o disgusto. Depende de la sensibilidad, pero lo que es seguro es que la música es curativa porque despierta las emociones. Además, desarrolla la capacidad de concentración, algo que con la IA y las redes sociales se está perdiendo. Allí también actúa como salvadora. Es un hecho que, en 10 años, muchas profesiones habrán desaparecido a expensas de la IA. Pero no la música. Tal vez los músicos podrán ser reemplazados por un robot que incluso toque técnicamente perfecto, pero no podrán transmitir emociones y en ese sentido seremos insustituibles.

–¿Qué podrías comentar del programa con relación a esa idea?

–Son tres obras muy contrastantes: el clasicismo y romanticismo temprano de Schubert, el romanticismo dramático de Brahms, y en el centro, Shostakovich con una pieza seria, recargada y dramática que demanda gran concentración del público. Es una obra muy contemporánea que, a pesar de ser del siglo pasado, parece escrita para nuestros días porque refleja conflicto. Y con todo lo que sucede alrededor del mundo, es de una vigencia y actualidad notables. Es una pieza “nueva” para mí, que incorporé a mi repertorio hace apenas dos años. Me encanta su historia ¡dedicada y compuesta para David Óistrakh, mi violinista ruso preferido. Yo crecí inspirado en su sonido. Shostakovich escribió el concierto para violín en celebración del 60º aniversario de Óistrakh, pero equivocó la fecha y lo hizo antes (a los 59). Entonces cuando llegó el año correcto, 1968, gracias a Dios compuso esta sonata que es una obra brillante.

–¿En qué sentido se aprecia su vigencia y actualidad?

–En que este es un tiempo de conflictos en todo el mundo y Shostakovich es un compositor que reflejó la época que le tocó vivir uniendo a la gente. No importa quién está en la sala, su música hace que nos sintamos parte de lo mismo, que estemos juntos y unidos en su mensaje. Es una música absolutamente excepcional. Shostakovich atravesó dificultades enormes y supo plasmar en su arte todas las tensiones y padecimientos de su vida y su época. Hoy en Rusia se vive un tiempo turbulento y esta sonata única es todo lo contemporáneo que una música puede ser.

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–Hablabas Maxim de la IA y la posibilidad de reemplazar oficios, pero no emociones. ¿Se siente desde tu lugar ese avance como un peligro?

–Soy optimista sobre la integración de la IA en nuestras vidas desde una perspectiva instrumental, pero me preocupa que resulte como liberar a una fiera de su jaula, sin tener todavía el control y los recaudos sobre ella. Desde mi lugar, siento que cuanto más internet, más redes e IA utilice la gente, más se apreciará la música en vivo en las salas de concierto, que son como templos del arte. Sentir el contacto real con la música, estar conectados, compartir sensaciones entre seres humanos, no hay nada más valioso y poderoso que eso, y la humanidad lo buscará como el oro.

–Esto en cuanto al público. ¿Y en cuanto a los músicos que se formen desde niños?

–Las redes sociales como fenómeno son un enemigo de los niños en ese sentido. Entran en conflicto porque anulan la capacidad de concentración. Y cuando hablamos de música hablamos de eso. Si alguien no puede permanecer concentrado las 2 horas que dura un concierto, ¡imaginate lo difícil que le resultaría estudiar, aprender y practicar la música que requiere de un entrenamiento altamente concentrado! En China, por ejemplo, la música se percibe como un bien de gran valor. Con solo una pequeña porción de ellos, que son miles de millones, ya tenemos un gran número. También en Corea y Japón. Y en Sudamérica veo mucha gente motivada ¡si hasta me siento una estrella de rock cuando me esperan a la salida de un concierto! (risas).

–¿Y Europa?

–Allí empezó todo y ese valor se aprecia, pero para muchos hoy es más importante el progreso en la IA. Y bueno, habrá oleadas de interés. Pero confío en que los valores de la música y del arte permanecerán en el tiempo.

–¿Qué es lo que más disfrutás de tu profesión?

–El tiempo en el escenario. El placer de ese 5 por ciento que compensa el trabajo duro del 95 por ciento restante, porque sin la técnica suficiente no se puede tocar en público. Gracias a Dios comencé muy temprano en mi vida, de modo que ya domino ese aspecto que de todas formas no es un objetivo sino un medio. Porque lo importante es la identidad del sonido, la huella propia con que toca cada músico, porque es esa huella la que establece la conexión con quien escucha.

Entevista con el violinista ruso Maxím Vengerovalejando-guyot-10734

–Te has referido a la concentración del público. ¿Estás el cien por ciento del tiempo con la mente en la obra o recibís interferencias de la sala?

–Soy un ser humano, así que hay cosas que vienen a mi mente, ¡claro! pero trato de pensar en mí como un medio entre la música y el instrumento. Y entreno mi concentración para ser capaz de dejar pasar cualquier otro pensamiento, porque si bien soy consciente de lo que ocurre a mi alrededor, si alguien hace ruido, si llevan a un bebé que llora, si hay toses o teléfonos, no puedo preocuparme hasta que llegue el punto en que no oigo ni registro nada porque mi mente elige quedarse en la música.

Por primera vez en la Argentina, la destacada pianista Polina Osetinskaya añade su visión, particularmente sobre Shostakovich, como un manifiesto contra una realidad que la toca de cerca. Desde el año 2022, cuando se pronunció abiertamente en contra de la invasión a Ucrania, Polina fue cancelada en Rusia. “Hoy vivo en un avión. Viajando constantemente porque no me permiten actuar ni trabajar en mi país, aunque mis hijos viven allí la mayor parte del tiempo”, contó desde Italia en diálogo con LA NACION.

“En este concierto presentamos estilos muy diferentes. Schubert, que pertenece todavía a la era clásica donde la música se basa en estructuras y reglas estrictas, Lejos de lo pesada, trágica y emocionalmente abierta que se volvió la música después. Sencilla pero bella, de salón, de pequeño concierto, para refrescar a la gente, para sonreír y exhibir habilidades. Una música ligera y hermosa. En el otro extremo, la sonata de Brahms que nos transporta a una época donde se inventaron nuevas formas, lenguajes y estructuras. Una obra maestra del Romanticismo y la belleza”.

“Y en el centro del programa —destaca—, nos adentramos con Shostakovich en lo profundo del siglo XX, en una música que capta los tonos más trágicos, las guerras, los genocidios y la destrucción física, mental y emocional de tantas personas. Shostakovich era muy consciente y en ese sentido, esta sonata se corresponde con nuestro tiempo porque llega muy hondo al alma y cuando está allí, nos plantea una pregunta que probablemente no podemos responder, que no nos gusta responder, porque es la verdad amarga de lo que sucede hoy. Dejamos atrás un siglo con la esperanza de que todo cambie para mejor. Pero la realidad nos muestra cada día que el mundo sigue igual. Shostakovich es ruso en cuanto a todo lo que experimentó: denunciado, prohibido y arrestado varias veces en su país. Vivió bajo presión afectando su carácter y salud de manera drástica. Por eso creo que su música, que es un patrimonio de la humanidad, mientras hay tantos compatriotas que ahora mismo están en prisión por su posición política y por manifestarse en contra de la guerra, expresa mucho de lo que quiero decir en este momento”.

Primer concierto del Ciclo Aura 2026. Con Maxim Vengerov (violín) y Polina Osetinskaya (piano). Repertorio: obras de Schubert (Sonata en sol menor D 408), Shostakovich (Sonata op.134) y Brahms (Sonata nº 3 en re menor op.108). Hoy, a las 20, en el Teatro Colón, Libertad 621


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